25 feb 2012

El Via Crucis del Dulce Nombre

Nuestro Padre Jesús de la Soledad. Fotografía: Álvaro Simón Quero.
Llegar al primer Viernes de Cuaresma con la paz de un cielo despejado; plantarse rápido en calle Granada -ya sin luces de carnaval, calle Larios es maravillosa al desnudo- y vislumbrar los cuatro faroles de Salutación -qué bien quedan esos faroles siempre: a su Cristo, a Viñeros, a estas andas de traslado del Cautivo- enmarcando la silueta nocturna del Señor de la Soledad. Para cortar camino y encontrar de frente la procesión atajamos por Santa María, y unas chapas metálicas del pavimento nos recuerdan, con su ruido seco, el del trasiego sobre los pasos provisionales para cruzar el recorrido oficial. Esa es la primera huella en el alma -podría haber sido el incienso o la cera en el enlosado- que ata el corazón a la inminente catarsis. Hay bulla suficiente  para la calidez deseada. 

Hay un hueco pequeño y justo en la doble curva; a un palmo anda Eduardo Nieto con su trípode (ahora sí que huele a Semana Santa) hablando animadamente de la fuerza de vaya usted a saber qué imagen nueva. Con el teatro de los misterios, se aguza el ojo en encontrar la próxima pregonera de la Semana Santa, el presidente que pronto cerrará una etapa y algunos hermanos mayores entrañables de los que siempre se alegra uno ver. Hay música de capilla, sahumerio, ciriales. Faltan pocas piezas para un engranaje misterioso y llevadero, y el público arracimado es del que sabe a lo que viene.

Va el Cristo sobre alfombra de lentisco, caminando suave con túnica de terciopelo granate y cordón de oro con borlones de morillera -debajo una camisa con botonadura de piedras preciosas-; abandona así la acostumbrada estampa del tergal morado, y endulza más si cabe la lastimera expresión casi femenina que Bernal ideó para la Soledad del Señor en el abandono de sus discípulos. Le han festoneado el cajillo con una leve hilera de rosas oscuras y pequeñas bayas de hipérico. Resulta parco, elegante.

Fotografía: Álvaro Simón Quero.
En Duque de la Victoria suena La Madrugá apenas hilada por los cuatro instrumentos. Es precioso pero, ¿por qué no echar mano del amplio repertorio de piezas compuestas para cuartetos de viento? Todavía no es primavera y ya andamos atisbando cómo molestan las luces hirientes de muchas marquesinas y rótulos. Pues no queda nada de luces advenedizas y otros estragos de la tecnología...

Le miramos llegar al primer templo; de lejos, le adivinamos cruzando la Via Sacra para el rezo de catorce estaciones en apenas un tercio de Catedral. Y esperamos donde ya teníamos decidido -verbigracia de las crucetas musicales anunciadas-, en el que sin duda es uno de los teatros de las procesiones. San Agustín, que siempre lleva prendido algo de Martes Santo -clavarse los nudos de la reja de la iglesia en las espaldas para creer morir ante la Virgen de las Penas-, enfrente del Tormes, en esa tribunilla genial desde donde se aprecia todo. La charla es animada -algo de los altares de cultos que se han visto, alguno con pretensiones de Portal de Belén o de Cruz de Mayo-. Me entretengo con una foto que alguien acaba de colgar del nuevo trono de Viñeros recién bruñido el oro; espero que monten espejuelos bajo la rocalla del moldurón, me digo.

Fotografía: Álvaro Simón Quero.
Y ver por fin el enjambre de reporteros gráficos con sus insignias, alzarse los teléfonos inteligentes, algún encorbatado regañando a los cangrejos -nada más futil, nada más entretenido-. Y Cristo de la Agonía. Siempre he pensado que Abel Moreno tradujo en acordes la idea de ser llevado por el Señor, arrebatado de esta vida. Siempre echo de menos esta melodía solemnísima tras el crucificado de Buiza -y mira que las cornetas de la Esperanza suenan de dulce-. El paso es lentísimo, como soñábamos. Y al dejarnos se nos queda un regusto amable, el del refugio en lo que uno espera.


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24 feb 2012

La Corona de Gracia y Esperanza

Diseño original de Fernando Prini Betés.
Cortesía del autor.

Se trata de una de las piezas artísticas de más valor de cuántas se prevén estrenar la próxima Semana Santa. Por la incuestionable valía de su diseño, del virtuoso Fernando Prini Betés, quien ya ha ejecutado una buena nómina de preseas en el ámbito cofrade malagueño, y asímismo por la nobleza de materiales empleados -plata de ley bañada en oro, esmeraldas y diamantes- y la brillante ejecución por parte del orfebre, joyero y también diseñador cordobés Manuel Valera, quien ha llevado a magnífico término un dibujo arriesgado y valiente.

La corona de Gracia y Esperanza. Fotografía: Azul y Plata. 

El diseño posee una exhuberante y al tiempo armoniosa impronta barroquizante que, sin embargo, se nutre en sus estilemas de buena parte del repertorio clásico propio del periodo renacentista. Tal y como suele hacer Prini cuando acomete un proyecto de esta responsabilidad, el diseño queda absolutamente enraizado en el estilo propio de la hermandad, bebiendo en este caso del elenco iconográfico natural de su predecesor, Juan Casielles del Nido. En tal sentido, se advierten como líneas argumentales principales el uso de figuras zoomórficas, que quedan jerárquicamente distribuidas por el canasto y resplandor de la corona, dotando de una vigorosa vitalidad al conjunto. 

El diseño y la ejecución. Fotografía: Azul y Plata. Diseño por cortesía del autor. 

Llaman poderosamente nuestra atención los principales de estos actores tenantes en la historiada arquitectura de la pieza: Dos magníficos grifos rampantes -animales ficticios del genial bestiario de los tiempos, mitad león mitad águila- que, jalonando el vástago central que emerge de los imperiales, diseminan desde sus pobladas colas sendos ramilletes de hojarasca profusa. El motivo escogido es tan atávico como su origen en la antigua Mesopotamia, y desde entonces, es sello inefable de realeza, pues sirvió como trasunto principal de los relieves de palacios asirios y babilonios. Llegan al uso cristiano de su simbolismo a través de las viejas representaciones romanas que servían para ornar frisos y bases de altares, a través de interpretaciones medievales en las gárgolas de piedra de las catedrales, y hasta en la heráldica, donde se exhibe su figura imponente como emblema de la fortaleza o la vigilancia. Aquí parecen escoltar -cual custodios de un blasón del quinientos- el escudo de la cofradía de los Estudiantes. Se trata sin duda de los elementos que dotan de mayor plasticidad esta joya, en cuanto el fastuoso plumaje de alas y colas se enreda helicoidalmente al entramado fitomórfico de tallos, macollas, hojas y un vergel de pequeñas flores punteadas de esmeralda. Allí donde se entrelazan unos y otros, el orfebre ha interpretado con maestría un juego volumétrico inusual donde algunas zonas de la urdimbre requerirían un forzado escorzamiento que  se aleje de la frontalidad imperante.

Haciendo gala de esta concepción escultórica de hasta los más pequeños elementos, esta corona se adhiere a una interesante secuencia de piezas similares -todas ellas diseñadas por Prini- en las que el trabajo individualizado y tridimensional de las partes convierten el objeto en una obra de joyería más que de orfebrería. Recordemos, en ese sentido, las coronas de Dolores de San Juan, Amor o Penas, todas ellas hitos evidentes tanto en su concepción como en ejecución.

El ancla de la Esperanza, sobre el escudo de la hermandad.
Fotografía: Azul y Plata.
Es el resto de la aureola una constreñida secuenciación de la letanía lauretana, en la que pequeñas águilas coronadas sostienen respectivas cartelas con los consabidos símbolos marianos, todas ellas con campo de esmeralda. Las estrellas, que nacen del mismo eje, superan en número al clásico apocalíptico de doce, siendo dieciséis y destacadas cada una por un diamante central. El punto álgido de la ráfaga viene marcado por el remate cruciforme en forma de áncora -el símbolo de la Esperanza- cuyo significado parafrasea un cordel enrollado a modo de sigma, evidente anagrama de SPES.

Por último, el elemento primordial: El canasto con imperiales, en cuyos paños ornamentales descuellan unos efebos angélicos emergiendo como grutescos de nudos vegetales. Cual atlantes, esgrimen sobre sus cabezas anagramas letíficos, y se ven jalonados por las también zoomórficas efigies de pequeños y esquemáticos dragones. Los cuales, como sierpes, emulan a todos aquellos pergeñados por el genio creativo casiellesco, y que habitualmente son concebidos como asidero de ánfora o jalón, y constituyen un adecuado y críptico acrónimo e ideograma referente a la SPES ya mencionada. 

Seis delfines en el nudo central de la corona. Diseño de Fernando Prini.
Por cortesía del autor.
No querríamos olvidar el pletórico racimo gallonado de delfines pinjantes que parecen envolver la cúspide de la corona, en la que el diseño preveía una perla en forma de lágrima y que se ha obviado en la pieza final. Dichos animales asumen también su pasado mitológico elocuente, como regio cortejo de Posidón en su monarquía océana, y han constituido un elocuente atributo de realeza tal que figura de las armas del heredero al trono de Francia -también llamado delfín- desde la Baja Edad Media y hasta el Siglo XIX. No hay que olvidar que el propio emblema heráldico del delfín de Vienne -luego delfín de Francia- es una corona con delfines como imperiales.



Es indudable que esta corona se ha hecho un sitio entre las piezas más interesantes y valiosas del patrimonio de las hermandades de la ciudad. Hace apenas unos días se la ciñeron por primera vez a las sienes de María Santísima de Gracia y Esperanza, bajo palio y en solemne ceremonial litúrgico, en un brillante presagio de Lunes Santo.



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7 feb 2012

A vueltas con la Catedral

Fotografía: Azul y Plata

Desayuna uno con la noticia algo desenfocada de que la Catedral verá recortado su itinerario para las hermandades que en ella hacen estación de penitencia durante la Semana Santa. Al parecer, el hecho de que dicha celebración -sin duda la más relevante de cuantas ven la luz en la ciudad- se ubique cronológicamente en mitad del periodo expositivo de una importante muestra acerca de la historia de la Sábana Santa, imposibilitaría el paso de las procesiones por el trascoro del primer templo. Digo al parecer toda vez que se desprende del trasunto de la noticia que dicha incompatibilidad no se hubiera contemplado lo suficiente, ya que el hecho en sí de la modificación del recorrido se plantea como una solución a un problema, y no como algo consensuado previamente por la Iglesia y sus cofradías. Cuando el tema restalla en las redes sociales, uno querría adivinar un consiguiente aluvión de argumentos que difiriesen del criterio seguido. Sin embargo, no faltan las voces que, por un lado, alegan la provisionalidad de la noticia -podría ser que de momento sólo fuera una propuesta- y, de otro, se congratulan por las supuestas ventajas que para los cortejos nazarenos se evidenciarán. Tímidamente, los que se pronuncian levemente contrariados apenas aducen molestas modificaciones de los horarios.

¿De verdad eso es lo importante?

Lo primero que me entristece es la premisa de algunos -incluyendo quien habla en nombre de su hermandad- de que la decisión constituirá un balsámico beneficio para los portadores, quienes verán mermado su esfuerzo en unas decenas de metros. Porque ese ligero trasunto de la comodidad siempre me molesta en lo referente a las procesiones. Si es que, al fin y al cabo, se trata de cortejos religiosos que llevan a cabo un considerable sacrificio humano y basan en éste parte de su sentido -¿o acaso no es esa la interpretación más literal del concepto penitente que anima a las corporaciones nazarenas en sus intenciones?-. Es como adquirir uno de esos capirotes indoloros y livianos como la espuma que hacen de la experiencia nazarena algo mucho más llevadero. Digo yo que las cofradías que van a la Catedral, con el loable propósito de venerar al Santísimo o adorar la Cruz en el templo mayor de la urbe, lo hacen ya a sabiendas de que su itinerario redundará en rodeos y vericuetos incómodos. Como incómodo es el capirote, incómoda la cruz en el hombro e incómodo el varal removiendo las entrañas de los portadores.

Luego me ensombrece también la sensación de que la estación de penitencia en la Catedral, como aglutinante de un sentir cofrade y piadoso para cientos de personas, pueda quedar relegada a apenas un tercio de la superficie arquitectónica de que hablamos. Parece que sea asumible comprimir los tramos de nazarenos en un espacio tan reducido, y no me extrañaría que como reacción consiguiente se limitara en gran parte o incluso se suprimiera el acceso del público. ¿Nadie se plantea los problemas de seguridad que derivan inherentes a esta posible medida? 

Sin duda será un ejercicio de ingeniería cofrade presionar los lados del acordeón hasta el límite, y llevar a cabo la estación con el decoro que se exige para este tipo de celebraciones de la fe. Puede incluso que la medida se perpetúe, renunciando así a la maravillosa oportunidad de acompañar a los sagrados titulares de muchas hermandades en el corazón ineludible de la Basílica de la Encarnación. En unos años podríamos considerar natural que el paso por la Catedral sea apenas testimonial. Y eso que esta Semana Santa casi se planta en las bodas de plata de la apertura de la Catedral a las cofradías. Fue en 1988 que el palio de la Salud inauguraba una nueva etapa, aún con las reticencias evidentes de parte del cabildo catedralicio, sumándose hasta ocho a las dos cofradías que ya efectuaban la estación de penitencia (Pasión y Viñeros) de un modo privilegiado.

No imagino ya a ciertas cofradías sin su paso solemne por el templo inacabado, adentrándose por las naves siloescas según el trazado natural a su planta basilical. Desde luego, las imagino menos todavía constriñéndose a un espacio a todas luces insuficiente; podría resultar -con matices- alejado de la dignidad que se presupone. A las cofradías se les recuerda una y otra vez que son Iglesia, aunque parecen perturbar el inmaculado orden episcopal cada vez que quieren celebrar en su sede esta o aquella efeméride. Y eso que, en los tiempos que corren, esta religiosidad de las cofradías es, al menos en esta tierra, la que cimenta buena parte de devoción sincera.






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1 feb 2012

Guía 2012


Por segundo año consecutivo, elalbacea.com editará próximamente su Guía de la Semana Santa. El formato seguirá siendo PDF, por universal y compatible con cualquier teléfono inteligente. Se ha diseñado con algunos contenidos interactivos, de modo que pueda ampliarse información (itinerario completo, datos de interés, novedades...), y se ha llevado a cabo en una resolución suficiente como para ser consultado tanto en tabletas como en terminales móviles. Se entregará para su descarga gratuita una por cada día de la Semana Santa.

La guía ha sido ilustrada con fotografías de Álvaro Simón Quero.



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10 oct 2011

Sahumerio del 8 de Octubre

María Stma. de los Dolores Coronada. Foto: Álvaro Simón Quero.


¿Saben de esas nebulosas formadas por cientos y cientos de pequeños pájaros? Que vuelan en bandada y dibujan en el cielo fluctuantes masas; que cambian armoniosamente de forma y tamaño. Son un prodigio de la naturaleza, por cuanto que implican a un número impresionante de criaturas y dependen de leyes físicas y del factor aleatorio. Anoche en Calle Sagasta se formaron varios de esos remolinos mágicos, espesos y cambiantes, jugueteando con el aire templado de octubre; solo que en lugar de pájaros, se trataba de los incontables pétalos de quinientas docenas de claveles deshojados. Algo nunca visto en Málaga; o si suena muy pretencioso, algo que jamás han disfrutado mis retinas. Quizá el regalo más hermoso a la Virgen de los Dolores en el aniversario de su Coronación Canónica.

No tenía precio atisbarla llegar desde Félix Saenz con el ave maría cantado de Encarnación Coronada -¿quién no repite esa oración muy bajito, para sus adentros, apenas despegando los labios, si siente a los portadores rezarle a la Señora?-. Bajo el recoleto y airoso edificio art decó, la algarabía se nos ceñía a los corazones, prevenidos como estábamos de algo sin precedentes que se iba a producir. La banda de música de la cofradía toca Pasan los campanilleros, y la dolorosa de San Pedro, que todo lo que roza lo vuelve elegante, avanza bajo esa lluvia impensable, entre los olés entusiastas del gentío -que no sabe a dónde mirar, desconcertado-. Lo que duró unos minutos el alma lo encoge a la sensación de unos segundos, para golpearnos en la certeza de que la belleza es algo efímero a lo que no podemos asirnos. Unos instantes después podía pisarse esa alfombra mullida, todavía en la incredulidad de lo visto y sentido. El manto de Esperanza Elena Caro, refulgente tras la restauración, quedaba ahogado en la espesura blancuzca y rizada, como tras una nevada.

Y es solo un fotograma de la noche esplendorosa de ayer; un recuerdo al que aferrarse para adornarlo con el paso de los años y -sabiéndolo irrepetible- encajarlo en esa magnífica mitología cofrade que construimos a base de las propias vivencias y la sabiduría popular. Aquella petalada, la de Calle Sagasta, toda la primavera que a la Virgen le fue velada en su Miércoles Santo -por mor de la lluvia- y devuelta en justicia multiplicada, sabedores de que nunca es bastante. Hipérbole malagueña donde las haya.

Ahora queda el regusto repartido en pequeños soplos de lo que fueron la mañana, el mediodía, la tarde, la noche y la madrugada. Vivido con la intensidad que sólo se dedica en Semana Santa -el alma confundida desde hacía unos días, por si en realidad se estaba en una extraña cuaresma-. Las plantas doloridas al dejar la Virgen recogerse en su casa, el ánimo exaltado tras el reencuentro con los cofrades de toda la vida, los buenos amigos, las conversaciones animadas... La sensación de haber recorrido el borde incierto de un Miércoles Santo arrebatado.



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26 abr 2011

Sahumerio del Miércoles Santo

La Virgen del Amor.
Foto: Álvaro Simón Quero


Cuánto he dudado en volver sobre estos pasos para deshacer lo andado. Ahora lo que me empuja es este vacío del tiempo de Pascua, enfadados como estamos con la primavera -a la que nos gustaría ponerle cara para cruzársela-, y esta necesidad primaria que nos empuja una y otra vez a rebuscar en los mentideros habituales, donde hemos comentado los ínfimos detalles del buen hacer, fruslerías de esas que nos encantan -la leche frita de la Canasta- y primicias necesarias para estar en la esquina adecuada.

La tarde gris del Miércoles Santo -que epíteto lo de la coloratura, vaya novedad- se materializaba de verdad este Calvario donde se torcían las proporciones y eran menos las que se echaban a la calle que las que se quedaban en casa. Ya no sería de otra forma, quién lo iba a decir. Entre unos y otros andábamos tejiendo la información puntual de dónde se encontraba Salesianos, con la ventaja de llegar por el camino más corto a la Catedral. Iban bien arropados de público, una vez que Fusionadas plantaba sus cuatro tronos en San Juan, y con una calma deliciosa que nos hacía olvidar, por momentos, los trances de lluvia que iban a asolar la ciudad para dejarla huérfana de sus grandes devociones.

El último angelillo de Salesianos portaba una banderola con el anagrama de las JMJ.
Foto: Álvaro Simón Quero

Así que nos lo tomamos con deleite. Y nos recreamos con ese grupo escultórico, que es de los pocos en los que se tiene en todo momento la sensación de estar ante un conjunto, por lo bien hilado de las conversaciones entre unos y otros. Entre la madera barnizada, los dorados como viejos y los ropajes tostados, el misterio de Salesianos consigue esa impronta completa en la que nada desentona. Bueno, la pañoleta de propaganda que aireaba un angelillo en la trasera, que ya la podían haber anudado en otro sitio. Pecata minuta.

Los vimos llegar al primer templo un tanto encogidos en el alma porque sabíamos que esas no eran sus horas y que andaba todo trastocado; esta no es la Semana Santa que hemos señalado en los itinerarios, que hemos planificado al milímetro, esa que tenemos prevista y aún así nos sorprende...

Nuevo Vía Crucis del Rico, ejecutado por varios pintores malagueños.
En primer plano, "Jesús con la Cruz a Cuestas", de Antonio Montiel.
Foto: Álvaro Simón Quero

Después de unas menudencias de La Exquisita, pillamos sitio ante el piramidión del Teatro Romano mientras van llegando los capirotes de habichuela que siempre acarrean algún chascarrillo. Y un poco más y se nos atraganta la torrija con esa pinacoteca prescindible que es el Vía Crucis del Rico. Una pena el gasto en hilos de oro para enmarcarlos como lábaros. Viene a la cabeza, bien en el medio, el estandarte de Antonio Montiel, que se ha vuelto a pintar a sí mismo de Jesucristo abrazando la cruz; pero con qué expresión incierta de cualquier cosa menos del sufrimiento del Señor. Y mira que en su momento lo de Juanita Reina no me pareció tan grave. Pero esto no tiene nombre. Me digo que ya los perdonará Jesús el Rico, que no saben lo que hacen.

El Cristo, el de verdad, se aproxima haciendo invisible la que prometían dificultosa maniobra en diagonal. La Virgen del Amor, mucho más seria. Jesús Frías la ha arreglado con tablas y le está midiendo la estrechez del pollero para dejarla en su esencia y nada más. Es la Virgen más bonita de Dubé, pidiendo en susurros un palio de categoría. Que digo yo que tiempo al tiempo, que todo se andará.

La noche se gasta en Madre de Dios entretenidos con un cable que no deja avanzar la cruz del Cristo de las Penas; y se forma uno de esos espectáculos bochornosos, acude una grúa y el gentío estalla en aplausos al resolverse el entuerto. Cosas de esta nuestra Málaga que habría aplaudido también al sistema hidráulico de los arbotantes de la Paloma, de haber salido. Por cierto; qué maravilla de trono parece estrenar el Señor de la Puente.

Camino a casa, desvaídos, nos sorprende un nazareno de la Sangre que camina junto a sus padres con el capirote puesto. Tamaña es la impronta de lo visto que acordamos hacerle un monumento no ya al nazareno en general, sino a ese nazareno concreto de la Sangre. Qué mérito, en esta ciudad donde no se estila el anonimato de la penitencia, empeñarse en el antifaz. Sin embargo todo se trunca a la altura de Puerta Nueva cuando el nazareno se vuelve tiernamente a su progenitor pidiéndole algodón de azucar. Era mucho pedir...





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24 abr 2011

El nuevo Santo Traslado

El nuevo grupo del Santo Traslado.
Foto: Álvaro Simón Quero

El Viernes Santo, y a pesar de los agoreros pronósticos de lluvia para la jornada, la cofradía del Santo Traslado vio la oportunidad de poner en la calle uno de los grandes estrenos de esta Semana Santa de 2011; el nuevo grupo escultórico que acompañará a partir de ahora a su sagrado titular, llevado a cabo por el joven imaginero veleño Israel Cornejo. La novedad venía rodeada de una justificada serie de cuestionamientos que hacían necesario esperar a la puesta en escena de la procesión en la calle para analizar los resultados. De un lado, algunos cofrades se preguntaban acerca de la verdadera necesidad de sustituir las anteriores imágenes de Pedro Moreira, que cumplían acertadamente con la escenificación del misterio y constituían un todo artístico armónico, además de representar una de las escasas muestras escultóricas del artista. Por otro lado, muchos cuestionaban la verdadera integración de la imagen en un conjunto de sensibilidad artística diferente, formado por tallas concebidas para ser vestidas con atavíos barrocos.

Quizá la primera apreciación que pueda hacerse a tenor de lo visto este Viernes Santo es que la imagen titular de la cofradía ha perdido en visibilidad, quedando excesivamente arropada por el resto del conjunto. Si echamos la vista atrás, existe un documento gráfico muy explícito del boceto original de Pedro Moreira, que planteaba también el acompañamiento de seis imágenes además del yacente. No obstante, en aquel magnífico proyecto las imágenes de María Santísima, María Magdalena y San Juan Evangelista quedaban situadas en todo caso tras el cortejo de la traslación, dejando exactamente la misma visión que de la talla cristífera hemos tenido hasta la presente. Se ha mantenido hasta ahora que la hermandad quizá no llegase a ejecutar el proyecto al completo por cuestiones económicas. Nosotros nos inclinamos más bien por el hecho de que se prescindió de todo lo secundario atendiendo al principio simplificador de la mayoría de los misterios malagueños hasta fecha muy reciente.

Boceto en barro no completado por Pedro Moreira.
El grupo reducido a tres figuras se procesionó en 1951.

Al hilo de lo que decíamos acerca de la visibilidad, encontramos el principal defecto compositivo en la posición de María Magdalena en el conjunto. La imagen se sitúa en un primerísimo plano en genuflexión, con actitudes que sugieren la contemplación; además de despistar al fiel acerca de la escena reflejada, la figura entorpece la marcha del grupo de varones realizando su labor de trasladar un cadáver. Una posible solución pasaría por retirar esta imagen, posicionarla de pie y al final del grupo, probablemente vuelta hacia el público, consiguiendo así una escena secundaria dentro de la escena principal.

También resulta chocante que María Salomé y María Cleofás adquieran una actitud preeminente arropando de una forma absolutamente coloquial al santo varón José de Arimatea, miembro del Sanedrín y decurión del Imperio Romano. Habría sido más verista establecer entre ellas un discurso en segundo plano. Todo ello hace pensar que el principal problema de este grupo escultórico es su adecuación al reducido espacio de la parte superior del trono, que fue concebido años atrás para continuar procesionando al grupo tal y como lo veníamos entendiendo hasta ahora.

El grupo realizado por Israel Cornejo presenta un acabado correcto; a mi entender, no podríamos achacarle defectos evidentes de proporcionalidad, expresividad o anatomía. Todo lo contrario; se evidencia una evolución en su trabajo que posee el encanto de un cierto revivalismo de los estilemas dieciochescos, por la gestualidad y las calidades de los frescores aplicados a las imágenes. El modo en que las tallas han sido completadas, con atuendos realizados ex profeso por Eduardo Ladrón de Guevara, aportan un carisma barroquizante que enlaza con una tradición anterior a la última más frecuente de las cofradías, de tipología más bien historicista. Así, las imágenes no se han arreglado como imaginaríamos que vestirían esos protagonistas de la Pasión, sino como alguien del Siglo de Oro -con su universo limitado de conocimiento- lo imaginaría. Hay que buscar entre los cuadros de los primitivos flamencos -como Van der Weyden en su maravilloso Descendimiento del Prado- para encontrar antecedentes claros de esta forma atípica de ataviar las imágenes. No obstante, ya los belenes napolitanos presentaban este singular estilo, reflejando de manera muy directa una clara inspiración en composiciones pictóricas.

Los ropajes, en cuanto a su diseño y ejecución, son maravillosos. Tan sólo adolecen de no precisar una identificación clara de todos los protagonistas del pasaje evangélico. Nicodemo, miembro también del Sanedrín, viste con atuendo idéntico al pastor Stefanus -personaje apócrifo que la cofradía ha optado por conservar-.

Finalmente, apuntar que este grupo de imágenes necesita de otro sistema de iluminación no planteado originalmente en el trono de Ruiz Liébana. Los cuatro pebeteros de las esquinas tienen una presencia más simbólica que práctica, y nos consta que permanecen en el conjunto más por continuísmo respecto al antiguo trono de Pérez Hidalgo que por su efectividad. Se ha planteado un misterio de gran teatralidad, en que se han acentuado las dosis de dramatismo y diálogo, y sin embargo las tallas caminan en penumbra mientras las pocas tulipas iluminan tan sólo elementos inciertos del cajillo y del exorno floral. Una consecuente remodelación, que pasaría por alargar el cajillo y rodear el misterio de discretos arbotantes, acabaría por armonizar el conjunto.  







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