3 abr 2012

Sahumerio del Lunes Santo

La Trinidad. Fotografía: Álvaro Simón Quero.
Qué difícil se hace hilar estas palabras evitando mirar por la ventana. A la luz de la noche espléndida que se abrió para nosotros ayer, sólo cabe sumirse en el paladeo de esta Málaga volcada hacia sus grandes devociones. Imposible desasir de mis retinas la locura de belleza a la que ha llegado la Trinidad; por aquello de que es la última, la pongo la primera. Y por la rotundidad con que algo tan amado, tan llevado en volandas, tan arropado, se queda anidado. Empezamos a intuirla desde la rampa, atisbando nada más que las bambalinas y macollas del palio -que llevaban un vaivén maravilloso, venidos arriba con el impresionante recibimiento en la Tribuna de los Pobres-. Conseguimos agarrarnos a la barandilla y verla, privilegiados, pararse delante nuestra. Qué arreglo de pecherín tan hermoso, cuajado de condecoraciones; qué lujo verla así, alumbrada por los candeleros -reverberando la luz entre los chorreones de cera petrificada, producto de una noche gloriosa en la que ni el aire le ha levantado la voz a la Virgen-. Y esa medida disposición de la flor -atrás quedó la impronta selvática, como subtropical-, con pequeñas calas del color de la Trinidad, ese difícil tono entre magenta y malva, que nos hacen preguntarnos si las tiñen para Ella o es que en la naturaleza hay prodigio de esta categoría. Qué alegría ver que nadie te empuja para sacarte de la bulla -en las cofradías sabias, se conoce de lejos que la Virgen va a gusto con los suyos, mirándole a la cara y diciéndole cosas muy bajito-. Qué ufano y con cuánta razón va Joaquín Salcedo delante, sin quitarle ojo, sin dejar de sonreír a todo el mundo; qué privilegio haber bordado ese manto para Ella, una coraza a la que le falta todavía mucha batalla para que termine de caer. Cuánto se pierden los que, dejando pasar el Cautivo, se escabullen. 

El Cautivo. Siendo de la misma cofradía, y es un mundo aparte. De todo, incluso de la Semana Santa. Cómo se vio anoche que no hay luz eléctrica, ni de la cera virgen, ni de la luna, que haga falta. El Señor, con las sombras lógicas de una imagen morena, se acaba de encarnar en hombre para hacerse uno de los nuestros. Sin ninguna de esas distorsiones, el Cautivo recupera toda la sacralidad, y toda su humanidad. El público se olvida de esos falsos efectismos, se sobrecoge al verlo tan erguido -y sin embargo tan humilde-, mayestático, flotando al caminar, deslizado por una marea. Lo vimos en la doble curva, donde se nos olvidaron la maniobra, la música a sus espaldas y lo difícil que sería después cruzar al otro lado de la gran riada de penitentes. El que más y el que menos, por poca devoción que le tenga al Cautivo, se rinde ante la evidencia -contundente como una losa- de que pocas veces una imagen de madera parece palpitar de vida y pegarnos un tirón del alma. Y sí, quiero recordar que es una talla de madera; pues si no fuera de este modo, con qué facilidad caeríamos en una idolatría abnegada, habida cuenta de lo especialísimo que resulta verle. También lo buscamos, unas horas después, en ese puente suyo. Para quedarnos con los tópicos de los pregones, lo de la túnica al moverse -que al fin y al cabo, es la verdad del Evangelio- y lo de que parece que va andando. Es que va andando.

Amor Doloroso. Fotografía: Álvaro Simón Quero.
Qué difícil pues, tras ese regalo trinitario, recordar la llovizna de la media tarde de ayer, y echar un ojo de nuevo por la ventana. Pocas cosas me duelen tanto como ver en los Mártires ese dechado de perfección que es la Archicofradía Sacramental de Pasión, suspendida su procesión hasta otro Lunes Santo de mejor fortuna; cuánto habría deseado estar de nuevo en el patio de los naranjos, viéndoles llegar como sólo ellos saben acercarse al Templo.

Muy pendientes a esos nuevos itinerarios virtuales, esperamos a Estudiantes en Santa María; el maremagnum de nazarenos rojos precede al Coronado de Espinas, que como anunciaban no lleva las absurdas bombillas coloradas en los faroles. Lástima que más tarde, con la noche ya cerrada, se encendieran de nuevo todas las otras bombillas del cajillo. Como escuché de alguna voz preclara, tengamos paciencia, poquito a poco, que esto es como estar en el mesolítico. Las evidencias, visto lo visto en el Cautivo, se irán dejando caer por su propio peso. Algún día no habrá miedo de distribuir tulipas por el contorno de ese trono. La gran sorpresa llega con Gracia y Esperanza; con toda la cera encendida y hecha un primor por la habilidad de Guillermo Briales, luciendo la nueva corona que le ha dibujado Fernando Prini y le ha hecho Manuel Valera. Qué bien armado se ve el manto, restaurado, sobre los hombros de la Virgen -que ahora sí, va donde siempre debió ir, en el centro-.

Encontramos el hueco para llegarnos a calle Frailes por Hinestrosa, donde me sorprenden unos dibujos barrocos preciosos en varias fachadas, y entramos a ver los Gitanos. El trono del Señor, reluciente de oro fino, como nunca. La Virgen, luciendo toda esa primavera intacta de flor de cera, y recordando en los sellos de los cirios que ellos son de la Merced.

Y Dolores del Puente. Qué gran escenario Echegaray para esta cofradía de estilo único. Con la elegancia de las hermandades serias, y al mismo tiempo con ese regusto popular inherente a los fervores de verdad. Le echamos cara al asunto para encontrar sitio en un lado de la calle, que está casi imposible, y llega el grupo escultórico del Perdón del Buen Ladrón. Los sones de Margot, tan operísticos, resonando con fuerza en la estrechez de la calle; la mirada del Cristo del Perdón, si has tenido la picardía de plantarte en el lado derecho de la calle, te busca. No hay otro Dimas salvado, mas que uno mismo, si se entrega. Resulta muy difícil dejarlo ir, ya con la soberbia marcha Mektub, deteniendo la pupila en cada nudo del ciprés centenario con que Suso de Marcos le hizo el madero al Cristo, y en la cera desparramada sobre el manto de la Encarnación -así son los hachones, de cera auténtica, que tanto escasean-.

Dolores del Puente. Fotografía: Álvaro Simón Quero.
La Virgen de los Dolores es atávica. Algo hay en su presencia totémica, de silueta triangular, ajena a todo el oropel, y sin embargo revestida de una lluvia de medallitas y broches. En qué hora bendita le hicieron ese triunfo de madera dorada y tuvo la luna a sus pies. Suena Valle de Sevilla -solemnísima donde las haya-, y bien parece que mucho antes de la religión católica el ser humano ya intuyese -quizá con las diosas fenicias o de la Grecia preclásica- una madre de todo, una madre del Creador, una dueña de las especies, una dominadora de la tierra. Potnia Theron, que diría Rafael Chenoll, asignando a nuestras dolorosas la capacidad de asumir en su presencia hierática todas las religiones anteriores; y en su condición de Madre del Señor y, por las palabras de Cristo en la Cruz, madre de todos, la condición de madre fértil. Isis y Astarté; quizá hubo inspiración divina en aquellos antiguos. Fue tan sabio Jesús Castellanos llevándonos siglos atrás, engañándonos cada año con un sublime trampantojo de Semana Santa, haciéndonos creer que la Virgen de los Dolores siempre tuvo esa maquinaria barroca. Hay que verla otra vez en calle Polvorista, para dejarla marcharse con La Madrugá, salpicado su manto de ramilletes de flores. Imaginando como seguirán los exvotos agolpándose muy cerca de sus mejillas de porcelana. 




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2 abr 2012

Sahumerio del Domingo de Ramos (la tarde y la noche)

Stmo. Cristo de la Humildad en su Presentación al Pueblo.
Fotografía: Álvaro Simón Quero.
A la hora del café ya voy tirando de toda una troupe; enaltecido el brío por la comida en familia, las ganas contagiosas de Semana Santa, los amigos que se van arracimando para hacer juntos esas primeras horas de la tarde. Qué encanto tiene ese punto tempranero de cofradías recién escapadas de los templos, de corrillos, de conversaciones, de hacer a un lado el chispeo levísimo, como quien no quiere la cosa, de empeñarse en esperar los santos. Y vamos apiñándonos en un portalón de Calderón de la Barca a ver nazarenos blancos de capa. Pero hay un retraso importante; y entonces me voy enterando -uno que tiene ojos en calle Parras, en calle Trinidad, en calle San Millán- de que el encierro de la Pollinica no ha dejado avanzar a Salutación a su hora. Menudos vecinos, deben pensar los de San Felipe; una vez hecho su espectáculo, el que venga detrás que arree. Pero con la cháchara se pasa volando. Una amiga de Rumanía, que en cuatro años que lleva con nosotros habla el andaluz como usted y como yo, se interesa por cada palabrilla de la jerga -al final de la noche ella misma me habla de estas o aquellas bambalinas- y al final la acabo enredando en una estación de penitencia. Sin presiones, oigan.

Salutación se hace ama de la calle; y es una delicia ver qué belleza oculta le ha sabido entresacar Marcos Morales a las mujeres de Jerusalem. Los tejidos, rebuscados a conciencia, de unos grises ceniza, verdes esmeralda, rosa palo, ocres apagados, formaban una sinfonía cromática que era un regalo para el ojo del esteta; se le olvidaba a uno el expresionismo abstracto del paño de la Verónica -que digo yo: Vaya manera de darle la vuelta a la leyenda, si en ese paño quedó estampado el rostro del Señor, con todos mis respetos para Jorge Rando-. Giran hacia San Juan encarando el portón del templo que un día pudo ser origen de una arcana cofradía con esta advocación de la Salutación -aunque hay sangregordas que lo ponen en duda-.

Trono del Prendimiento. Fotografía: Álvaro Simón Quero.
Como somos una marabunta de diez o doce no hay más remedio que buscar un buen pedazo de calle, y me olvido de Ollerías -que es una de mis citas obligadas- para poner el huevo allí donde Andrés Pérez desemboca en Carretería. Me gustan los cardos borriqueros del pecado a los pies de Judas Iscariote, las rosas rojas del trono del Prendimiento, el Señor de morado; y le voy perdonando algo a Juan Manuel García Palomo por desandar un trecho con esta nueva policromía del capuchinero, más aceitunada. Sigue sin parecerme bien que rehagamos a los cristos a la medida de los grupos escultóricos. Ha pasado en Capuchinos y ha pasado en San Pablo. El cambio puede no ser traumático; pero, seamos claros, al Cristo le queda de Castillo Lastrucci apenas un deje.

El Huerto llega, literalmente, en la más triste de las penumbras. El chavea de la caña y el pabilo va, sencillamente, desfilando tras el trono como quien lleva un banderín. Y ni en los parones hace un amago. No corre una brizna de aire, y en los arbotantes quedan como quien dice un par de cirios testimoniales. El risco ha mejorado una pizca, pero todavía hay que afinar más; lo salva el moldurón de claveles rojos que sigue siendo estupendo. Y el Cristo de mi memoria, el primero que me vio llevar una vela, luce su túnica mejor armada que nunca, componiendo bien la postura arrodillada. En contraste con el pabilero del Señor, el espabilado de la Señora, que iba matándose por encender hasta la tulipa más escondida. Qué bonitos y qué bien se mueven esos arbotantes. Y qué eterna resulta Ella. Al irse calle abajo, nos parece que ese manto lo están dejando morir, en una lenta agonía; Dios quiera que nunca lo cambien ni lo rehagan, que para eso hay buenos bordadores que saben restaurar sin añadir una puntada nueva ni mejorar ni ampliar el diseño ni paparruchas de esas...

El Dulce Nombre en Madre de Dios nos lleva de nuevo a la Semana Santa preparada y representada con ganas. Hay todavía dibujo a lápiz en algunos paños del lateral del cajillo, a medio troquelar, testigo de una hechura sin acelerones. Ya habrá tiempo de terminarle y dorarle bien el trono al Señor de la Soledad. Las farolas de luz ambarina trazan el sendero hacia Montaño, y da gloria mirar la trasera del trono, a la mujer acusadora y a San Pedro embargado de culpa. Salve, Rey de los Judíos. Y viendo a esos hombres derechos, luciéndose en tres marchas en toda la calle, con su suave pendiente ascendente, se les vislumbra el corazón disfrutón. Y lo que está por venir Capuchinos arriba.

Después de muchos años sin hacerlo, recuperamos el plantarse frente al arco de San Felipe. No de cualquier manera: Como nos gusta, en medio. Porque no tiene precio atisbar la oscuridad absoluta del interior del templo cuando la cofradía regresa a su casa -sí, esta cofradía sale de dentro y regresa adentro-. Y luego ver que se derrama una luz tibia cuando van entrando las luminarias de los penitentes. Y ya la hermandad al completo, la Cruz guía escoltada por faroles en el presbiterio, los cirios dibujando el mismo óvalo de la bóveda en la nave, puede recibir al misterio de la Salutación. La maniobra nos hace sufrir al ver doblarse los cuerpos para superar el desnivel de la acera y encarar el trono con la puerta, y sólo nos estropean la estampa los inesperados focos de horrenda luz blanca de los cámaras de una televisión local. Qué paradójica situación, que para llevar un momento clave a los espectadores haya que chafarles la magia a los que esperan un año para hincar allí sus plantas resentidas. Un mano a mano de saetas a pie de trono, luego una bajada de los varales a tierra con la delicadeza más extrema, y una obediencia impecable a la voz de un solo capataz. Vamos, las cosas bien hechas. La entrada del Cristo es tan emocionante como la primera vez, siempre.

Y cuánto rejuvenece uno al salir a Dos Aceras y recibir a la capuchinera invadiendo la calle por malagueñas. Recordando cuando no me importaban los pisotones ni las rachas de empujones. En un borde de la calle, me siento minúsculo, y el trono es una catedral espléndida.

Exorno floral de la Merced. Fotografía: Álvaro Simón Quero.
Como todo se nos ha trastocado, me quedo sin ver la Humildad por Granada, y me la encuentro en la Merced, avanzando sobre esos baldosines luminosos donde quedan esparcidos los nombres de malagueños ilustres. Me parece que el nuevo grupo escultórico, de Elías Rodríguez Picón, ha acabado de completar perfectamente la iconografía del Señor. Eso sí, la soberbia imagen de Buiza empieza a diluirse un poco en el conjunto. No sería mala idea pensar en desnudar al Cristo y presentarlo al pueblo como el maestro imaginero lo concibió, mostrando toda su anatomía y cubierto con clámide. Pero una clámide de un buen tejido y bien puesta, no como aquella intentona de hace unos años que se hizo sin gracia ninguna.  La Virgen de la Merced, señorita victoriana de extraordinaria belleza, va perfectamente arropada por San Juan. Qué tino el de esa mano confortando la espalda de la Señora. 

Se nos hace tarde y aún no hemos visto a la Salud. Qué suerte encontrarla a mitad de calle Nueva -cómo hace Ella nueva a la calle cada año-, con esa mecida única como de galeón que la hace parecer incluso algo gaditana en sus andares, como bien me apuntan Alejandro Cerezo y Rocío Cortés. Se nos olvida que la Salud lleva tren de velas -con tan buen arte está colocada la cera, que es la Virgen mejor iluminada del Domingo, con diferencia-, y se agradece escuchar La Estrella Sublime cuando acaba la rampa para cruzar hacia su barrio. Cuánto bien le hacen los gladiolos, tan denostados hoy, y el color blanco de las flores. Y cómo habrá sido la petalá que en los pliegues del manto hay auténticos glaciares de clavel. Con esa estampa me quedo, pues por principio no encierro a una cofradía que no vuelve a su auténtica casa.





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Sahumerio del Domingo de Ramos (la mañana)

Lágrimas y Favores. Fotografía: Pedro Enrique Alarcón.

¿Qué se podría decir, tras la interminable letanía de predicciones -chubascos, chubascos dispersos, chubasquillos, borrascas, frentes nubosos- y las cuatro gotas del Sábado? Pues que ni se desayuna uno tranquilo ni prepara el uniforme capillita con el esmero de siempre. Y eso que andaba todo controlado: el incienso encendido desde las nueve de la mañana, Amarguras y torrijas de confianza en la cocina, amén de un cafelito bien servido, la dosis recomendable de relajante muscular -amigo de la ciática que es uno- y dos bonitas corbatas compradas el sábado. Tratando de estar en todo, entre torrija y afeitado lee uno doscientos mensajes iguales con eso de que ya es Domingo de Ramos. Y el nublao, ahí afuera, para multiplicar por dos el efecto del café y enervar un poquito las ganas. Qué leches, que me voy enterando de que en San Juan se están formando y que en Parras ni se lo van a pensar... Este año, lanzados. Y que sea la Providencia quien decida.

Con niños pequeños lo natural es buscar la Pollinica antes que nada; pero hago trampas y guío al personal para ver salir a la Niña de San Juan de Calderón de la Barca. Es decir la Niña de San Juan y se me repiten en los adentros esas cinco palabras con el tono más castizo, más forzado, más malagueño posible. Y a sabiendas de que nuestro pregonero del año pasado, exportador del acentazo malaguita llevado a sus últimas consecuencias, debe andar cerca, a punto estoy de explicarle a mi sobrina -que todavía quiere más nazarenos, ahora que le ha pillado el truco a eso de darles la mano- de que el capataz es el gato con botas. Pero me centro en mi particular catequesis para que la niña sepa lo que es un palio, y el primer suspiro de la certeza -de a ver quién me estropea a mí la mañana- se me va enredado en la espiral de flores de las ánforas.

En el Pasillo de Santa Isabel nos entrenamos en el arte sibarita de la discusión: Señoras que pretenden reservar la visibilidad de todo el ancho de la calle por haber puesto los pies en el bordillo de la acera. Filigrana de mire usted lo que llevamos esperando, mire usted que la calle es de todos y mire usted qué pocas procesiones llevará en el cuerpo que no sabe de verdad cómo se toma la calle para ver procesiones.
Damos ánimos a un amiguito de la niña que va de faraoncito, muy serio, muy consciente de que llevar una palma delante del Señor no es cosa de juego. Así quisiera ver yo a más de uno llevando las insignias, que vaya posturitas se acaban viendo a lo largo del día... Como la Pollinica viene tan cansina, tan lenta, retornamos a calle Nueva, y luego a Félix Sáenz, y luego a Sagasta. Porque no hay nada como ver a una cofradía entregada hasta el último hueso para resplandecer. Los hombres de trono de Lágrimas y Favores me vienen muy ensayados, muy leídos y estudiados, y a cada marcha le saben hacer una virguería, arrancándole a la gente el amor intrépido -porque aquí, en Málaga, los amores y las devociones, muy rápido, vienen y van-. Qué bueno que nos pique el sol al lado del Mercado Central, viéndole brillar ese cúmulo de ornamentos; porque se podría decir que esta Virgen lo lleva todo: arbotantes, faroles -más chicos y más grandes-, capillas y capillones, y un cajillo que es un oleaje de cornisas. Es Domingo de Ramos y no hace falta ser pitiminí, se le perdona la falta de purismo, y nos gusta -mucho- la Niña de San Juan en la calle.

Ya en la Alameda esperamos encontrar esa estampa de toda la vida, la del paso pollinico en olor de multitudes, la de la música fulgurante y algún himno cantado. Pero me amargan con un pulso, inesperado, desconcertante; y luego atraviesan la desorbitada bóveda de ficus sin más gracia que un redoble de tambor. Se me viene un tufillo de desgana, o de prisa, o de vaya usted a saber qué. Queda mucha tarde.







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31 mar 2012

Primer Sahumerio

Mediadora en su salida. Fotografía: Álvaro Simón Quero.
A estas horas el ánimo se agrisalla; ha sido escuchar lo de la llovizna sobre el Cautivo, y se han cernido todos los fantasmas de una vez, con aplomo. Ayer, en la escueta espera de Mediadora -a quien se supone esa puntualidad británica que es sello de los que cuidan cada minucia- ya se avinieron los agoreros -de los que me encontraba rodeado, sin escapatoria- echando mano de aquesta o aquella predicción fiable. Anticiclones a los que se invoca, borrascas a las que maldecimos como a la madrastra que aparece sin ser invitada... Y de las cabañuelas esas, que no dieron agua, nadie se acuerda ya. Ni el orejeo de las mulas, ni las nubes de agosto, ni el cimbreo de las aves, sirven ahora que lo único que tenemos es incertidumbre. Suerte que iba bien acompañado de mi sobrina de tres años, entusiasta donde las haya de los nazarenos, en mis brazos y profiriendo una deliciosa pregunta tras otra: Que cuándo sale la Virgen, que qué nazareno es el que manda... Pegando saltitos nerviosos en la espera, me pide el librito de las procesiones. Luego le dan estampitas de la dolorosa, y me pregunta que por qué llora la Virgen. Difícil momento, pues comienza aquí la ligera catequesis, muy ligera todavía, en pinceladas de cuento. Todavía no se le dice nada de romanos ni judíos, es complicado. De momento, la evidencia del daño que le han hecho al Señor.

Mediadora. Fotografía: Álvaro Simón Quero.
El palio se encajona bajo el arco, con la consiguiente vibración de la candelería, y con los varales a tierra se echa la Virgen a la calle en medio de la confusión de los que piden silencio y los que no pueden acallar la algarabía de otra Semana Santa. Esta sí es una procesión de Semana Santa. Bien medido, cada clavel en su lugar y cada cirio abrillantado y encendido. Hablamos -mi sabia compañía y yo- del collar que le cuelga a la Virgen de la mano, y de la barquita. Y luego la buscamos en una petalá, de esas buenas, cargadas. Cuando la niña vuelve con su madre, rezuma maravillas.

Función Principal del Septenario. Dolores de San Juan.
Fotografía: Pedro Enrique Alarcón.
Queda encaminarse al centro, a cumplir con el culto más antiguo de los que se han venido celebrando ininterrumpidamente en la ciudad. Función principal en San Juan. Me arrimo al Redentor en su besapie, que sobrecoge, y por esos azares hermosos, nos sentamos en el único banco de la iglesia desde el que se divisa a la Señora en su joyero en un perfecto eje de simetría. Un Stabat Mater del siglo XVIII resuena en las naves poco antes de finalizar. Inminentemente, el traslado del Señor; ese en el que se vivifica la Pasión de Cristo. Al quedarse todo a oscuras, salvo la litúrgica luz de la cera, se hace palpable eso de que la oscuridad es a la Semana Santa lo que el silencio para anudarse en el corazón una buena saeta o una música de capilla. Sólo en la tiniebla es percibible el diamante aquilatado que es nuestra Semana Santa, y en la negrura más espesa más relumbra la perfección de los siglos. Hoy Don Antonio Montiel, hablando del Cautivo durante su traslado en una retransmisión televisiva, ha reclamado más focos en los tronos; Dios le guarde de ser pregonero de nuestra Semana Mayor, Dios le guarde.

En apenas nada ya esta el crucifijo izado por cuerdas, balanceando suavemente su magnífico torso enjuto, brillando sus regueros de sangre a cada lamido de las llamas de los cirios. Y siempre, al verlo, pienso qué sentirá Rafaél de las Peñas -que no sólo tiene el privilegio y la gran responsabilidad de ataviar a la Señora- abrazando la Cruz del Redentor para clavar el madero en el gólgota de su trono. Enguantadas sus manos de negro, en el semblante todo el peso del minuto que se cierne. Cuántos ojos clavados en ese abrazo, como el del Señor cuando aceptó su sacrificio. Y aunque todo está medido, bastan unos milímetros para que el stipes se resista a encajar perfectamente en su cajillo. Si el Miserere finaliza, el silencio rotundo se convierte en una especie de discreto enemigo. Compartimos la tensión, por una empatía extraña que no encontraría explicación. Y en unos segundos, se cumple con lo previsto y el madero se alza en su sitio exacto, en el centro del trono. Para tranquilidad de los que amamos los ritos, perfectos en su forma y cuajados de sentido.

Traslado de Dolores Coronada. Fotografía: Álvaro Simón Quero.
Y sólo me queda el Perchel. Acordándome de mi padre, que fue toda la vida de la Esperanza pero amantísimo de la Expiración, cofradía que siempre me enseñó con admiración sincera, sin esas supuestas rivalidades de leyenda. Y pasa la Virgen por calle Peregrino con marchas clásicas eternas -Soleá dame la Mano-, le llueven pétalos de rosa y cada desconchón -por birlibirloque de la luz auténtica de las calles, la dorada, la de las farolas de todo el año- juega al camuflaje como recamado de la calle. Y no se puede pedir más, que el Perchel rebosa de alegría, y podemos felicitarnos de tener a Curro Claros arreglando a la Reina con sus encajes dorados y su manto de medallones tan bien puesto. Y qué decir de esas piñas cónicas de lirios, que como diría el vestidor seguro que son vitorianas, qué difícil armar lirios blancos tan bien. Hay que retormarla en calle Ancha, de vuelta, a los sones de la Madrugá, ante la evidencia de los corazones encogidos y de los aplausos que se contienen -por mor de esa solemnidad maravillosa que la Expiración exhala-. Y después, para qué queremos más.





30 mar 2012

Ella es el Viernes de Dolores

Ella es el Viernes de Dolores. Fotografía: Álvaro Simón Quero

Y no hay mucho más que decir. Dejemos que una imagen hable por sí sola.



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19 mar 2012

Guía 2012 de la Semana Santa de Málaga







Textos de Pedro Enrique Alarcón.
Fotografías de Álvaro Simón Quero.



Algunos detalles tomados de Azulyplata.net.



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17 mar 2012

De dentro

La Salud. Fotografía: Álvaro Simón Quero.

Hace ya tanto que se abrieron de nuevo los dinteles... Tanto; aunque, por supuesto, esa conciencia del tiempo depende, y mucho, de lo vivido. Los de mi quinta, esos que crecimos aprendiéndonos la iconografía desaparecida en los tomos de Arguval y bebiéndonos cada edición de Via Crucis, saboreando los primeros programas de Bajo Palio, tenemos ya la sensación de que ha pasado bastante tiempo. Apenas nada, unos granos de arena, en el vasto discurrir de los siglos de una tradición varias veces centenaria. Y todo ha cambiado tanto... ¿Dónde han quedado aquellas imprescindibles convocatorias de culto impresas en papel de color vainilla, verdaderas joyas del dibujo? ¿Y las horas olisqueando novedades en las rendijas de los tinglaos? Muy atrás.

De aquellos años ochenta y los primeros noventa, del momento de eclosión de las hermandades nuevas, me queda un dulce regusto de aprendizaje. En todo momento, con la sensación de ir dejando crecer un criterio propio, tuvimos la grata experiencia de vislumbrar cómo nos reconducíamos al afán de superación y al inconformismo. En búsqueda del ahondamiento en las raíces, nunca sumidas en el experimento gratuito, las cofradías se reconciliaron con su madre. Una Iglesia que décadas atrás les había cerrado puertas, obligándolas a subsistir a la intemperie bajo toldos y andamios, y empujándolas a rehacerse en la grandeza y el orgullo de tronos colosales. Cuán difícil -cuánta lucha- para volver al templo, para sacar a relucir la fe por nuestras calles, pero desde el sagrario mismo, y regresando a él.

Se ponía de nuevo en valor lo litúrgico, concediendo a la procesión el sentido último de la que ésta es acreedora, por derecho legítimo, desde su propia acepción en el diccionario. Y así tuvimos en nómina una interesante sucesión de hermandades que salían de dentro, de dentro de la Casa de Dios, de allí mismo donde se encuentra el tabernáculo del Señor. Siempre para volver a él. Recuerden el tinglao que los Dolores del Puente, una de las abanderadas en este empeño, plantaba en el Pasillo de Santo Domingo: A tres o cuatro colores, varias lonas discordantes tejían un extraño edículo para proteger el único trono que procesionaba entonces. Era la forma, a conciencia, de reavivar la idea de lo indigno que suponía, para las imágenes sagradas, dormir en un tenderete teniendo tan cerca la verdadera y auténtica morada, con dintel más que suficiente y la necesaria unción sacra.

Amantes de la dificultad, los cofrades admiramos entonces a quienes echaron las rodillas a tierra o casi arrastraron los varales para salvar -por estas magias incomprensibles del hacer cofrade, que desafían a la física- las augustas portadas. Y en connivencia con ese feliz regreso del hijo pródigo, volvíamos allí donde, más allá de un encierro, presenciábamos la maravilla de ver a la hermandad indisolublemente ligada al altar y a lo que en su sagrario se encierra.

Pero, y conforme se echan encima los años, las costumbres se relajan. Y del mismo modo en que algunas  cuadrillas de acólitos -reinsertadas en las procesiones por esa didáctica de lo litúrgico- no parecen formadas por servidores del altar -el altar itinerante que es un trono procesional en la calle-; del mismo modo, decía, el templo empieza a ser relegado por la comodidad. ¿Qué criterio, si no éste, puede ser esgrimido para, dejando el templo, otorgarle a la casa hermandad un rol sustitutivo?

Viene a mi memoria la maravillosa recogida frente al portón de San Pablo, con el crucificado de la Esperanza en su Gran Amor clavado en el atrio para esperar a la trinitaria hermosura, la que es Salud de los Enfermos. Y también aquellos años en que la portentosa luz de la Estrella nacía bajo los arcos de la nave lateral de Santo Domingo, para dejarse acariciar por la primavera. Y quiero pensar, de corazón, que todo eso volverá.






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