23 abr 2011

Sahumerio del Desánimo

La Semana Santa de la lluvia.
Foto: Álvaro Simón Quero

Y de la decepción, la desazón, el desencuentro, el desaliño. Una vez rota la Semana Santa, de una manera tan fehaciente, las ilusiones quedan hechas jirones y nadie puede avanzar según lo previsto. Pienso en la cantidad insondable de esfuerzos que eran necesarios para poner en marcha esta maquinaria gigantesca que nos aporta el mayor orgullo como ciudad. Desde la impresión de los itinerarios de papel, que no han podido resultar más inútiles estos días, hasta el cuidado exorno floral de este o aquel trono, doblegado a marchitarse sin respirar el aire exterior. Nos han roto la Semana Santa, y han tirado por alto el anhelo este año más ansiado que otros -por aquello de la tardía primavera-.

Son estas unas líneas pesimistas, escritas en el demasiado azul Sábado Santo, de vacío y ausencia de liturgia, que debiera ser de fatiga, pies doloridos y acumulación en las retinas de demasiadas imágenes bellas como para ser recordadas con afinación. Sin embargo, anidado en el corazón me queda también un sentimiento grato, el de haber permanecido conectado en los deseos a mis hermanos cofrades, a todos aquellos que habéis estado a pie de calle, a pesar de los malos augurios, facilitando la información instantánea de una Semana Santa distinta y difícil de seguir. Es la Semana Santa de la lluvia, sí; de tal manera que no conozco a nadie que haya sabido recordar otra como esta, tan desapacible y desarmada, tan desecha. Pero es también una Semana Santa que hemos dado en llamar 2.0, la de la eclosión definitiva de las nuevas tecnologías en el espacio urbano, la del uso sostenido de las redes sociales, la información precisa y al minuto, como al cofrade le gusta. En ese intercambio informativo sacamos punta a los defectos, existentes en todas las cofradías, sí; pero desde el respeto, sin imposiciones de un modelo sobre otro. Porque los cofrades de verdad, los que aman su Semana Santa, no creen que sobre nadie. Es la Semana Santa en que algunos dimos la espalda, quizá definitivamente, a los medios de comunicación maniqueos y parciales. No he tocado con mis dedos ni una sola de las páginas del periódico de toda la vida, ese que alardea de amor por Málaga, ni falta que me ha hecho.

Viene a mi memoria la retransmisión televisada que pude ver en diferido de la Cofradía de Mena por el recorrido oficial, la única que pudo llevar a cabo su salida en la funesta jornada del Jueves Santo. No pudo parecerme más triste el verbo agitador y convulso de Antonio Garrido Moraga, con su perorata aburrida de los nazarenos gordos y las cofradías grandes, su fascinación por los cuerpos militares y el malagueñismo de los frentes de procesión sin orden ni concierto. No me entristece por aquello que ensalza, no se confundan; lo hace por su manera exultante de apisonar las maneras y las formas de otros, por el discurso excluyente, del que quedan fuera todos aquellos con otro sentir procesional. Mete en un mismo saco a los que no son de cofradías grandes, militares y suntuosas procesiones, para llamarlos puristas no sin cachondeo evidente. Y ello teniendo de contertulio al hermano mayor de Salesianos y sin dejarle hablar un minuto. Es la punta del iceberg de una actitud destructiva que ningunea al que no encaja en sus cánones. Qué poca sabiduría la del que, con voz engolada, afirma las tradiciones que convienen y -lo peor- a sabiendas, hace invisible en un chasquido toda una tradición anterior que también tuvo su lugar.

Así pues, y dividida la afición en dos compartimentos estancos totalmente separados, me ha tocado encajar con los puristas. Y me mosqueo, no lo puedo evitar, con esos nazarenos que no han salido en su cofradía pero echan la tarde de un lado para otro vistiendo el hábito penitente. Jugando, correteando, paseando, visitando otras hermandades, asistiendo a encierros, derramando por Málaga no ya la cera sino la imagen incierta y desdibujada de su propia cofradía. Se nos ha quedado esta Semana Santa de asfaltos mojados y nervios de punta; de nazarenos descapirotados y tribunas vacías. Me ha faltado escuchar Amarguras, oler incienso de verdad y sentir la bulla delante de la Esperanza. Me han faltado tantas cosas...





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Guía del Domingo de Resurrección 2011




Ya disponible la octava y última entrega de la Guía de Semana Santa. Los horarios e itinerarios del Domingo de Resurrección de 2011. 

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20 abr 2011

Guía del Viernes Santo 2011




Ya disponible la séptima entrega de la Guía de Semana Santa. Los horarios e itinerarios del Viernes Santo de 2011. 

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19 abr 2011

Sahumerio del Lunes Santo

El conjunto más elegante del Lunes Santo; Amor Doloroso.
Foto: Álvaro Simón Quero


Si hubiese empezado a escribir esta crónica en la madrugada de anoche, recién llegado a casa con el ánimo abatido y las suelas llenas de barro, mis palabras no tendrían la contención que se exige, y habría perdido el tono. ¿Qué hago yo en un encierro? Y me lo formulaba así, en general, sin hacer distinciones. Hincado en mitad de la marabunta, esperando que llegue una procesión que cuando arriba parece cualquier cosa menos una procesión; sorprendido negativamente por la balconada a rebosar de nazarenitos descapirotados, me llegan los vociferios de un lado y de otro: Ahora porque aquél tiene que cerrar el paraguas, ahora porque se ha escapado un globo; cuando llega el Señor y se le jalea me parece que el público lo contempla en el mismo orden de cosas. En la turbamulta -¿se le podría llamar otra cosa?- la mayoría se divierte con los empujones y el ser racheados por oleadas a raíz de las maniobras de los tronos, mientras al menos dos bandas interpretan sones diferentes dentro y fuera de la Casa Hermandad. Lo que viene siendo ruido. Esa fue mi estampa de Estudiantes, castiza y malagueña como la que más; cofradía a la que siempre procuro ver recién salida y con sol, antes del bombilleo y con el encanto del Císter, sus palacios y sus naranjos. Pero fue imposible, por esa tarde desconcertante y nerviosa, que nos tuvo a todos en un puro vilo.

Bordados y plásticos.
Foto: Álvaro Simón Quero

Y es que pocas cosas nos ponen tan en guardia como la lluvia. Unos, alentando a las cofradías a salir esgrimiendo porcentajes mínimos de agua de aquella o esta página meteorológica más fiable; otros, mucho menos finos, coreando tonterías al pie de unos portones: “Primero la calle, y luego los hermanos”... Algunas decisiones se improvisan sobre la marcha y denotan un estado de inquietud que se contagia a la calle; durante las primeras lloviznas se cambió de intenciones varias veces, de manera que los cortejos caminaban apresurados y sin norte. Incluso se evitaron algunos plásticos necesarios, no se por qué afán de evitar el deslucido o qué orgullo o qué sinrazón, como en el caso de los mantos empapados de Amor Doloroso y Mayor Dolor en su Soledad. El primero de ellos bordado por Salcedo Canca y que es una belleza de diseño.

A los Gitanos se les encuentra en Peña y Mariblanca, muy pendientes al mismo tiempo de la radio y de los tuits de los cofrades, haciendo un seguimiento exhaustivo de las incertidumbres y los cambios surgidos tras los primeros chispeos. Al ver los primeros cubatas en la promesa del Gitano, a las cinco y media de la tarde, la preeminencia del chándal y el cante por rumbeteo que en nada va dirigido al Señor, comentamos cómo eran aquellas otras promesas de los Gitanos, no hace tanto, donde se veían las mejores galas y se cantaban cosas hermosas.

El aguacero nos asalta buscando a Crucifixión por esas calles señoriales de Strachan, Torre de Sandoval, Bolsa... que le sientan tan bien a un conjunto serio y con vocación de penitente. Inevitablemente, y tras haber realizado estación en la Catedral en un horario diferente al previsto, la cofradía no puede sino volver por el camino más corto, olvidando este año la Alameda y recortando por Larios arriba. Buena combinación la de esos claveles de un morado casi magenta con rosas rojas; un monte bien distribuido, con áloe y romero, un poco chato para el todo que no acaba de armonizar la anchura del trono con la proporción del Cristo. En la Virgen, todo muy cuidado, aunque los blancos diferentes de las calas en miniatura del frontal y las orquídeas de las jarras laterales, blancos tan distintos, no convencen. Me habría encantado verlos en Atarazanas, pero no pudo ser.

Ver Pasión accediendo al primer templo por el patio de los naranjos, de esas tradiciones que uno remarca en el itinerario y que sin embargo venía empañada por la premura y el chaparrón. Trato de hacerlo mío, y saludar, como cada año, con un levísimo arqueamiento de ceja, a Pepe Hinojosa, el pertiguero más derecho que he visto en una hermandad, con su efigie salida directamente del siglo XVII y los acólitos que coordina con pértiga firme y órdenes sencillas y certeras. Van precediendo al trono, con las rosas blancas mejor puestas que nunca -en piñas casi cónicas, esbeltas, que dejan ver- y la dolorosa estupendamente tocada.

Más echadas las horas encima, me alegro de las decisiones tomadas por Dolores del Puente y Cautivo, cofradías a las que no querría ver corriendo ni plastificadas. En Santo Domingo, visitando a la Virgen, se encoge el alma con esas imágenes que tanto se buscan en los directos de televisión -el nazareno quinceañero que llora como un magdaleno asido al capirote y al varal del trono, la devota incondicional que no puede apartar las pupilas ni marcharse-. La dolorosa detiene el tiempo si te plantas frente a Ella, e invade la certidumbre onírica de que siempre tuvo ese manto, esa peana de carrete y ese palio, siempre, desde hace siglos, como si fuera posible... Minutos después leo en un tuit la simpática trabazón de palabras de la candidata María Gámez: “Dolores del Templo en la Casa Hermandad”. Para qué añadir más.

Cera rizada de María de la O.
Foto: Álvaro Simón Quero


Al cruzar de nuevo el río me quedo atrapado en el dédalo de callejuelas del entorno de los Mártires, flanqueado por verdaderos taponamientos humanos de considerable espesor; la gente protesta, o se pregunta desconcertada para dónde hay que tirar -el itinerario de papel se convierte en algo inútil-. Cuando, finalmente, consigo cruzar Larios, me hago con una silla en un despiste del vigilante del paso peatonal, porque llega María de la O. “Aprovecha, hombre”, me guiña un convecino a raíz de mi osadía, para luego seguir en la cháchara animada sobre la inconveniencia de llevar velas sevillanas en los tronos. Este y otros son los daños que ha sembrado el periódico que se publicita con su amor por Málaga y sus tradiciones; como lo de los kilos de oro, tan ordinario; o lo del cruce cofrade, tan mal explicado y que ha servido de antesala de la información nacional sobre nuestra Semana Santa. Si todo eso es amar a la ciudad y sus costumbres ancestrales, pues que no la quieran tanto. La primera fila de cirios parece de alabastro, con esa capacidad que tienen los pétalos de las flores de cera para multiplicar y desdoblar la luz dorada. Las dos marías de arriba, con ese encaje perfecto en la candelería, hacen reverberar resplandores maravillosos en la tez moruna de la reina de los calés. Lleva prendidos los corales alrededor del corazón, el puñal muy clavao, casi en el centro, y una colección de rosarios en los brazos que riman con el sinvivir de los más de cien borlones del palio. Pienso que va escandalosa de guapa, y en lo particular que es la belleza de las miradas de las vírgenes de Buiza, con esa espesura de pestañas y esa noche profunda en los ojos. Y pienso en Juan Rosén, y en como siempre ha explicado que la Virgen se viste sola. Es verdad, como le escuché hace poco en la radio, que María de la O está guapísima con sus velas rizás, que no se puede aguantar... Es verdad, y con eso me quedo, antes que recordar cómo acabó la noche.







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18 abr 2011

Sahumerio del Domingo de Ramos

La Pollinica en Carretería.
Foto: Rocío Alarcón

Al parecer debo llevar un despertador incorporado, como biológico, que me ha levantado insensible a la fatiga mucho antes de lo que había previsto. Sin pensarlo, se empieza esa letanía maravillosa que arranca con mirar al cielo y continúa con abrillantar esos zapatos que molestan tanto -debe ser la tiranía deseada de tratar de ponerse como un pincel-; se estrena el perfume, la camisa, el ansia guerrera de poder con las horas y la ilusión nunca perdida de adolescente. El café, bebido de un tirón a los sones de un par de marchas de Escámez, haciendo mi particular tributo a la banda madre y maestra, incordiando un poco a los vecinos y aclimatando el ánimo. En el autobús, temprano, leo entre mis cofrades navegantes una inquietud por buscar a Don Amadeo; a mí me parece verlo sentado, trajeado y con semblante serio -dada la importancia de la mañana- al final del vehículo.

Domingo de Ramos con su conveniente cielo azul, su impronta de novedad y, si cabe, de entrenamiento. Se empiezan a escuchar impertinencias entre el público, que debe hacerse a los achuchones y las bullas; “que me están estrujando al niño”, “pasar tiene usted que pasar, pero sin arrollar”. A mí todo me resulta muy familiar, con el encanto de las cosas que han sido ensayadas, como los andares de Lágrimas y Favores, que son una delicia para las criaturas que se hayan agolpado en cualquier rincón de calle Nueva. A las once y pico de la mañana, bien situado ante la Iglesia de la Concepción, se disfruta de lo variopinto: el chaval que sale de Casa Mira con el que bien podría ser el primer helado de turrón de la Semana Santa; la procesión de palmas y olivos de una comunidad latina con sede en la iglesia aledaña, que cruza entre los nazarenos guiados por el cura. Con la Virgen se acerca también la pequeña cofradía de torturadores, que no se van sin el esperado plano de los ojos del pregonero recortado en el capillo de capataz, que introducen la alcachofa radiofónica sorteando capirotes y pretenden hacerse con alguna primicia. ¿Para cuándo dejar a este hombre disfrutar tranquilo de sus procesiones? A la Virgen hay que volver a verla en Félix Sáenz, en Puerta del Mar, en Atarazanas. Cada tramo es un baile de sensaciones, que agrada al público y pone de manifiesto el trabajo bien hecho de algunos submarinos, que como sabemos llevan la voz cantante.

Por la tarde vivo la que sin duda se me clava en la retina como la estampa más hermosa del día. Los nazarenos blancos de Salutación, saliendo de San Felipe, mientras se recoge la Pollinica apenas a unos cuantos pasos. Al fondo, y con el bullicio conveniente de un encierro, se recortan palmas, capirotes verdes y morados, se mece la palmera, suenan campanillas... Y entre una cofradía y otra apenas media un carrillo de chucherías, de esos que abren los cortejos con más arte que la policía local. La calle Parras es una fiesta; las pinturas barrocas de algunas fachadas parecen animarse con esta locura de Semana Santa. A lo mejor hay que avisar a Fernando Prini para que nos dibuje las otras fachadas y nos deje la calle hecha un primor, que faltita le hace... La salida del misterio del encuentro de Jesús con las mujeres no se produce, como hace unos años, en absoluto silencio. Hay mucho alboroto de los que han acabado su encierro y no piensan más que en salir de allí a costa de lo que sea. El trono se desliza perfectamente al exterior sin rozar por ningún lado, y nos seduce y extraña al mismo tiempo el cántico sacro de dos sopranos en una reja del museo del vidrio. A mí, la verdad, me gustaba mucho más la saeta rota de Luz Mari; pero para gustos los colores.

Más metidos en el centro, nos dejamos rodear por turistas de crucero, con sus rubicundas caritas de satisfacción y de no entender nada. Los cirios que llegan no son de color pardo, como de anunciaba, más bien de caramelo, y endulzan la tarde. El Señor de la Soledad hace majestuosamente una curva llegando a Méndez Núñez, y me da por pensar que cuando por fin retiren los andamiajes y refuerzos de la Plaza del Teatro, el Señor tendrá seguro su cajillo dorado en oro fino. Vámonos a verla en Echegaray, que es de esas calles recuperadas y que luce fantástica. Alguien debe estar haciendo un retablo en su casa con las molduras arrancadas del pequeño local abandonado junto al teatro. Pasa Dulce Nombre con unos sones atrevidos -Madrugá de canela y clavo- antes de llegar a la Catedral. El manto hace una pizca de daño a la vista, con ese turquesa encendido, ese brillo, y la caída del tejido, con tan poco cuerpo.

El paréntesis tiene gusto amargo de gintonic en la Plaza de Mitjana. La tertulia es buenísima, y toda la conversación se centra en esa joya que será el Trono de la Redención, quizá en un par de años. Obra de arte maravillosamente coordinada que se colará en la futura terna de los tronos imborrables, eternos e imperecederos, a saber: Expiración, Sepulcro y -si no al tiempo- Redención.

El nazareno que vio la luz.
Foto: Álvaro Simón Quero
Cumplimos con la tradición de ver el Prendimiento en Ollerías, con una estética perfecta y los tronos bien llevados. Gustan los nazarenos con capas de damasco, y el color ya amortiguado de los bordados de la mejor túnica del Señor, la granate, con su botonadura de broches de oro. La Virgen del Gran Perdón va tan preciosa que no hay sitio para sacarle punta a nada; los dibujos de Casielles se recortan perfectos, con un brillo almibarado en toda la orfebrería. Atrás quedaron aquellos arreglos florales explosivos y tropicales que escondían y disimulaban carencias. Ahora es un esplendor de buen gusto.

Cuando me acerco al Huerto, en Carretería, me percato del error de haber escogido este enclave. No está mal que los niños armen gruesas bolas de cera; pero es que no se les ha educado en las formas, y aquello parecía un recreo de colegio. El Señor de estirpe dieciochesca no merece el risco improvisado y dispuesto con desgana de ramajos tronchados y florecillas de colorines. Ni el repinte del ángel, que le acentúa una rara y discutible guapura; así que busco un ángulo de visión donde los arbotantes me enmarquen al Señor, tan bien peinado, como siempre, vestido con las rocallas elegantes que un día idearon Salvador Aguilar y Manuel Mendoza. La Virgen llega apagada, lástima del siempre fascinante pecherín, por mor de la brisa. Pero apenas hay empeño en remediarlo. ¿Qué le ha pasado al dorado de Guzmán Bejarano que ya se ha vuelto completamente mate?

Con Humildad nos planteamos una buena ristra de preguntas. Si es compatible el afán de recuperar el sello de los otrora Servitas blancos con esta música alegrona para levantar el ánimo y avanzar camino de la Victoria. Desde luego, el ánimo de los portadores se ha multiplicado por dos, si pensamos en el año pasado. Calle Granada se hace complicada con sus balcones y esa larga curva en tensión hasta llegar a Santiago; quizá demasiadas voces de capataz para una maniobra que debe hacerse más limpia en el futuro. Pregunto por el arreglo de la Virgen, que me gusta. Desconocía que desde el año pasado la viste Pepito, de los Mártires. Le ha dejado las mejillas algo más despejadas, y los drapeados no son simétricos, más bien aportan naturalidad. Lleva un pecho de bullones magnífico, y la imagen va bien armada.

Para disfrutar de la Salud en calle Nueva se hace necesario dejarse llevar por la bulla y ensayar el paso de cangrejo para no pisar a nadie. Mira que la Salud lleva palio de recortes y trono de hojalata, mira que todavía esconde un trocito de tren de velas; pero qué sentido de la proporción, Ella en el medio, a buena altura, mejor iluminada que ninguna. Da igual la ventolera que haya; en la Salud se preocupan de que se vea esa cara. Si la miras de lejos no ves venir un trono, ves venir a la Virgen. Petalada, un Ave María entonado por toda la calle, alegría y más gente cada año. Al Cristo le han festoneado el monte de claveles con rosas rojas, espinos, cardos y hasta pequeñas orquídeas, de dulce. En el puente de la Aurora se dibuja la luna entre nubarrones raros, inciertos. Y al regresar, después de mil abrazos con aquellos que se espera uno encontrar en Domingo de Ramos, se forma un batiburrillo de sensaciones, y se es consciente del dolor de pies, ese dolor inconfundible que no se parece a ningún otro. Y que es tan buena señal.




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17 abr 2011

Sahumerio del Sábado de Pasión

La Virgen de los Desamparados.
Foto: Álvaro Simón Quero

Cosas de esta albacería nueva. Se podría resumir en que me quedaban algunos candeleros que abrillantar. Vamos, que cuando el Cautivo ha llenado de Gloria la Trinidad me pilló escribiendo, y me he conformado, no sin cierta desazón, con la retransmisión televisada del acto en el Hospital. La mente repartida al mismo tiempo en ultimar una crónica previa del Domingo de Ramos – que se me hacía raro, por aquello de haberme acostumbrado al sahumerio-, husmear entre las fotos de Luis Manuel Gómez Pozo -tan diligente... yo no sé cómo se puede llegar a tantos sitios- y un sesgado seguimiento de lo que ocurría más allá de la Plaza de Bailén. Reconfortante la noticia de que el Cautivo irá sin foco; consuelo a medias, ya que se asegura que se encenderá en los tramos menos iluminados -con lo que me gusta el caminar entre tinieblas de calle Carril, donde el Señor anda tan cerca-. Escucho una colombiana en el televisor, y me espanta el invento. Al Señor de Málaga una buena saeta, corta si puede ser, y montañas de claveles. Todo lo demás sobra.

La tarde pinta anodina, más que nada por esa sensación acuciante de que el Sábado tiene vocación de jornada de reflexión. Todos llevamos en el pecho un jilguerillo que se echará a volar el Domingo, estrenando el alma para que no se nos caigan las manos. Si el Viernes de Dolores es la gran antesala, el Sábado queda en mitad de las ansias cofrades turbado por la grandeza que sobreviene. Declino atravesar los barrios de Málaga y echarme a perder. Hay que guardar fuerzas para mañana -que absurdo autoengaño este del que derrama parrafadas de madrugada-.

En los Corazones miramos con interés la procesión de la dolorosa de los Desamparados. Hay mucha curiosidad por comprobar en qué desemboca esta pro-hermandad que cuenta entre sus anhelos la recuperación de la advocación del Cristo de Cabrilla. Me digo que apuntan buenas maneras: Hay elegancia -la del saber estar- y sencillez -la que es fruto de caminar sin prisas, poquito a poco, casi sin mecer, que se diría-. Me siento raro descubriendo que me identifico con esa imagen de corte contemporáneo -una Virgen menos aniñada, más curtida, casi más castellana- aderezada con arreglo a la antigua. Lleva pecherín bordado y corazón zaherido, y una ráfaga modesta. La acompañamos deseando que abandone las anchas avenidas y se introduzca en calle Igualeja, más pueblo, donde la comitiva adquiere una tonalidad más afín a su espíritu.

Con Humildad y Paciencia obtengo sentimientos encontrados. Me alegra la elección del misterio, ya que faltaba en la ciudad; pero me desencanta la labor apresurada de Ramos Corona, que nos ha proporcionado un grupo escultórico de calidades desiguales y terminaciones dudosas. Hay que cambiar ese trono barnizado y mejorar el risco para años venideros, que adolece de la singracia. La carpintería del trono de la Virgen presenta unas extrañas molduras que no aventuran demasiado del boceto de Curro Claros, aunque el conjunto anda más proporcionado.

Ya noche cerrada en el Perchel, asumimos disfrutar del Chiquito en Ancha del Carmen. Qué bonito es el Chiquito, ¡cuánto hay que quererlo! Con su imagen nos sobreviene no ya sólo la unción sagrada; también la ternura y la compasión. Su peana de carrete nos devuelve la estampa de viejos grabados, la del camarín antiguo. Hay que poner cuatro tulipas en esas volutas de las esquinas, broncear su rostro con fulgores parpadeantes. Miramos alrededor; qué desperdicio dejar las calles casi desoladas por una tarde-noche de fútbol, luciéndose como van los Bomberos en pos del Rey de Reyes.





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16 abr 2011

Sahumerio del Viernes de Dolores

La Virgen de los Dolores Coronada, en su traslado.
Foto: Álvaro Simón Quero


La siento como de mi barrio y eso que de Huelin a las Delicias hay un trecho suficiente; el sol pica, y al llegar lo primero que se hace es buscar la sombra imposible donde los ficus han sido convenientemente recortados para dejarle sitio al palio. Tienen mérito los que se han posicionado en mitad de la avenida, sobre la mediana, como Eduardo Nieto que se sostiene en equilibrio, tal que un poste, aguardando al encuadre perfecto. Me detengo a mirar los faroles de forja con cirios morados que cuelgan hermoseando la sencilla fachada del Ave María, mientras se me cuelan en los oídos conversaciones más o menos interesantes: La de ese niño que ha salido en la procesión del Divino Pastor y que llevaba más compostura que un adulto; o la que me pone en guardia sobre la llegada del primer edil: “Ya tiene el alcalde su oficio para toda la semana, va a sacar todos los tronos” -informa una señora a mi vera a propósito del Señor de los Martillos-. Estos nazarenos de turquesa oscuro, o verde mar, o azul pavo -no se ponen de acuerdo en llamarlo de un modo ortodoxo- ya están en la calle, con una compostura más que digna, cuando efectivamente suena ese primer toque de campana.

La salida de Mediadora me lleva a algún Viernes Santo en Antequera, viendo a la cofradía de abajo apontocada en el suelo, deslizándose sobre raíles; o a cualquier Lunes Santo en Los Mártires, salvando distancias. Impresionante el levantar del trono a una, desde el suelo, sin tribulaciones de esas que ocasionan un bamboleo desagradable y que arrancan pequeños quejidos de fingido pánico. En lo que dura una marcha y se planta la Virgen en la sombra ya se han armado las patas del trono. Se hace bonito el Viernes de Dolores en esa tarde de saludos cordiales y abrazos. Los amigos, los viejos y los nuevos, tejen improvisadas tertulias sobre la impronta de esta Hermandad y algunas quimeras cofrades para años venideros -alguien sueña a mi lado con un trono de plata para el Nazareno del Paso; otro alguien con la recuperación de las manos entrelazadas de la Señora de los Dolores de San Juan-. Incluso ponemos cara, nombre y apellidos a los cofrades con los que charlamos animadamente cada noche de cuaresma, en los cabildos intangibles de la red.

En la última vuelta a la cofradía, antes de ir al centro, me fijo en los claveles, que este año no se componen en piñas cónicas; en la candelería cedida por la Esperanza, cuyos cirios narran en sus sellos un hermoso discurso de Virtudes teologales y cardinales, además de una hilera de santos jóvenes que hace un guiño a la celebración madrileña de la Jornada Mundial de la Juventud. Antes de irme me hace mucha gracia cómo maniobran en la esquina de Manuel Altolaguirre con Pasan los Campanilleros. Se les adivina de impronta seria y parece que deban asumir un patrón; sin embargo también son de barrio, y qué barrio.

En San Juan sorprende el joyel de luz que es el trono de la Virgen de los Dolores dispuesto ya para el culto más antiguo documentado de Málaga, la función solemne de su septenario. “Ella es el Viernes de Dolores”, tuitea Navarro Arias desde un punto deslocalizado de la nave, lo que confirmo con una sonrisa interior. Algunos cofrades que se encuentran muy lejos agradecen que cuelgue una fotografía del momento. La música sacra nos llena y prepara para estos días, y se procede al traslado más bello de la ciudad, donde izando al Redentor se parafrasea la escena de la Exaltación que se encuentra a apenas un palmo.

Después nos apresuramos al Perchel, buscando en calle Peregrino la fachada con mayor riesgo de ruina para hacernos con una estampa añeja, dando la espalda a edificios de menos caché. Lo que debía ser un traslado deviene en procesión de patronazgo, al llegar la dolorosa de la Expiración enjoyada y dispuesta sobre ese altar itinerante que son sus andas, por malagueñas, alejándose en seguida de nosotros con su manto de escudos y medallones y recibiendo una petalada. La señora del balcón mas herrumbroso se cubre la cara como frenando su llanto; mientras tanto se acaba la lluvia de pétalos y cuatro o cinco manos agitan bolsas de plástico en el ático, para no escatimar, que se diría.

Tenemos diez minutos mal contados para llegar al Muro de las Catalinas. Encontramos el hueco perfecto justo cuando se inicia el cortejo. A algunos parece que les impreca nuestro silencio, y desde Carretería llega el vocerío de un bromista, el ruido de unas motos y algo más. Ese silencio que no ha habido tiempo de aprender, que improvisamos porque Salutación lo ha dispuesto de una manera sencilla. Que se rompe ocasionalmente con unos ladridos, y después con el llanto de un bebé. El Señor se asoma a la calle suavemente, y no hay otra marcha mejor compuesta para la salida que ese llanto, que aguanta hasta el final, el de un niño en brazos de su madre. Que me lleva al niño dormido del grupo escultórico, y a la sentencia de Jesús de Nazareth en el instante evangélico del misterio: “No lloréis por mí, llorad por vuestros hijos...”





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