6 may 2012

Estrenos destacados de la Semana Santa 2012


Imaginería


Nuevo grupo escultórico de la Humildad. Fotografía: Álvaro Simón Quero.
Ha sido en este ámbito donde se ha lanzado una de las más interesantes propuestas procesionistas durante la pasada Semana Mayor. La Cofradía de la Humildad, extraordinariamente bien asesorada por Juan Antonio Sánchez López -quien, habida cuenta de sus amplios conocimientos de imaginería e iconografía en la Historia del Arte, podría considerarse alma máter del proyecto-, ha puesto toda su confianza en el imaginero onubense Elías Rodríguez Picón para la renovación completa del grupo escultórico y el replanteamiento iconográfico del misterio. La evidente meta alcanzada es la de haber rodeado al Señor tallado por Buiza de un grupo de imágenes de suficiente altura artística como para componer de forma más que correcta la escena de la presentación al pueblo. Las voces a pie de calle pueden diferir en algunos aspectos: Hay a quien todavía rechina el uso de una estética extremadamente realista, o quien reclama para la figura del Cristo un mayor protagonismo en la escena. Bien es cierto que se podría dar un paso en este último sentido, sacando partido a los magníficos valores plásticos de la anatomía de la imagen titular, la cual podría ser revalorizada siendo ataviada con clámide en lugar de túnica, acercando aún más el momento al original del Evangelio, en que se presenta en el balcón de Pilatos a un hombre que acaba de ser flagelado y coronado de espinas. Lo que parece incuestionable es que lejos de dejarse arrastrar por tendencias o modas, este grupo escultórico posee una personalidad que lo convierte, según creemos, en definitivo.

En otro orden de cosas, varias cofradías han mostrado en sus imágenes titulares un renovado aspecto a raíz de sus respectivas intervenciones, no siempre con la categoría de restauración. No en todos los casos el criterio adoptado puede parecer el más ortodoxo, y por lo tanto los resultados se encuentran a diferentes niveles:

El Prendimiento, policromado de nuevo por García Palomo.
Fotografía: Álvaro Simón Quero.
De un lado, el titular de la Cofradía del Prendimiento presentaba -por primera vez en Semana Santa, aunque en los actos de las JMJ de Madrid ya ocurriese- la segunda policromía ejecutada por el imaginero Juan Manuel García Palomo. Si bien es cierto que con esta intervención, en la que se han empleado carnaciones más oscuras y cercanas a la estampa clásica de la imagen, se ha tratado de reparar la equivocada actuación anterior, seguimos pensando que se han alterado los valores plásticos originales. García Palomo acentúa marcadamente aspectos del modelado que en la obra de Lastrucci original quedaban mucho más veladas, por preferir el autor sevillano una policromía mucho más homogénea. Incuestionablemente, este posicionamiento estético sitúa a la imagen en un lenguaje algo más manierista -afectado, que podría decirse- para adecuarlo cómodamente al grupo escultórico, realizado en su mayor parte por García Palomo. Algo parecido, aunque más discretamente, ocurre con el Cristo del Santo Traslado, imagen que también se ha vuelto a policromar de nuevo. Israel Cornejo, autor de un barroquizante grupo escultórico diametralmente distinto al concepto estético de Pedro Moreira, ha asumido la tarea de consolidar la imagen del titular y dotarle de una nueva policromía en la que, con ciertos detalles -inclusión de pelo natural en las pestañas, dulcificación de rasgos mediante encarnaduras con suaves degradaciones de color- trata de acercarlo a los estilemas del resto de figuras. ¿Qué perdemos en ambos casos? Impronta. Ni Lastrucci ni Moreira fueron escultores excepcionales; sin embargo ambos han aportado a la Semana Santa un concepto artístico más o menos personal, que ahora es más difícil rastrear.

Mención aparte merece el tratamiento dado al Cristo de la Vera Cruz, cuyo caso es más el de una difícil reconstrucción a partir del lamentable estado en que se encontraba. Digna de encomio sería la labor de estudio estratigráfico de las diferentes policromías encontradas en la imagen, optando Juan Manuel Miñarro -este sí, restaurador- por el rescate de aquella de más categoría entre las que se podían poner en valor. Miñarro ha completado aspectos artísticos de la talla -como el perizoma o el modelado de la barbilla, casi perdido- basándose en criterios científicos de aproximación a ejemplos coetáneos. En favor del autor de esta restauración, decir que ha utilizado un principio diferenciador absolutamente discreto entre las zonas rescatadas y aquellas nuevas, aunque localizable, en las texturas de la policromía de la efigie.

Finalmente, la de María Santísima de las Angustias, restaurada por Luis Álvarez Duarte, podría describirse como la más discreta de las actuaciones de conservación llevadas a cabo en el último curso cofrade. Al parecer, la eliminación de repintes añadidos con osadía en el pasado reciente ha devuelto gran parte del sello inequívoco de Castillo Lastrucci.


Tronos procesionales

Nuevo trono de Azotes y Columna.
Fotografía: Álvaro Simón Quero.
A este respecto, el más relevante de los estrenos ha sido el de la ejecución completa de un nuevo trono para el Cristo de Azotes y Columna, de las Reales Cofradías Fusionadas. Juan Carlos García Díaz ha llevado a término las tareas principales del proyecto, diseñando por completo el conjunto y tallando en madera el cajillo. Las piezas de orfebrería han sido confiadas a los talleres de Aragón y Pineda. El gran cambio, con esta renovación, se produce en cuanto a las proporciones. No escapa a nadie que se ha ampliado considerablemente la anchura del cajillo, tratando de adaptarlo al que al parecer será un numeroso grupo escultórico para la escena de la flagelación. Se trata de un trono procesional mucho menos discreto que el anterior, en el que había un acertado equilibrio cromático entre los distintos maderajes y la propia imagen. En el caso que nos ocupa, nos encontramos ante un diseño no siempre armonioso en las proporciones y las formas -la supuesta filiación del proyecto a las líneas de la sillería del coro de la Catedral malagueña no es sino un pretexto-, así como ante una exhaustiva disposición de elementos de metal plateado, que producen un efecto variopinto y hasta discordante. A nuestro entender, tanto la talla en madera como las labores de orfebrería son correctas, teniendo lugar un problema de base en cuanto a diseño, de un eclecticismo exento de afinación. La imaginería de las capillas, por su parte, es de un resultado bastante pobre.

Trono de Jesús Nazareno de Viñeros. Fotografía: Álvaro Simón Quero.
También en esta Semana Santa hemos podido contemplar en la calle el nuevo trono de carrete para Jesús Nazareno de Viñeros. Encomiable la intención de la Cofradía en tratar de conservar al milímetro las trazas originales de las andas anteriores, de Cristóbal Velasco (1957), muy dañado en un accidente sufrido durante uno de los habituales traslados del trono. A nuestro entender, si bien el conjunto brilla por su aportación a las señas de identidad del procesionismo en Málaga, la falta se encuentra en el muy diferente tratamiento dado a las dos mitades -superior e inferior- del carrete, llevadas a cabo por tallistas y doradores diferentes. Se distancian tanto en la volumetría de los motivos ornamentales como en la tonalidad del pan de oro empleado, hecho que es particularmente palpable en las primeras horas de la tarde en que la cofradía realiza su salida procesional. Francisco Pineda, autor del trono de la Virgen, inició los trabajos de este cajillo, que hubo de ser terminado por Gonzalo Merencio, quien aplicó una transcripción mucho más literal de la obra original.

Otros tronos han sido remozados, unos con más acierto que otros, en el dorado de su talla. El caso más llamativo es el del trono del Cristo de la Columna, en el que por primera vez se ha empleado oro fino para revestir la superficie lígnea. No contento con ello, Ángel Varo ha rescatado elementos excluidos del trono original y ha consolidado toda la estructura, aplicando diferentes mejoras en la distribución de las tulipas en los arbotantes. El resultado, a vista de todos, es la recuperación de uno de los más personales tronos malagueños de la posguerra, de Francisco Palma Burgos. En la trasera del trono del Santísimo Cristo de la Esperanza en su Gran Amor encontramos la segunda fase del dorado, cuya armonía final no podremos dilucidar hasta analizar la pieza en su conjunto.


Bordados

Nuevo palio de Consolación y Lágrimas. Fotografía: Álvaro Simón Quero.
Pocas veces se produce un estreno de la envergadura que corresponde a la hechura de un palio en su totalidad. Es el caso del portentoso conjunto diseñado por Eloy Téllez y bordado en oro sobre terciopelo malva por el taller de Juan Rosén para María Santísima de Consolación y Lágrimas. Nos encontramos ante un trabajo impecable tanto de diseño como de bordado, que trata de recrear algunas de las características generales del palio anterior, bordado en gran parte por los talleres de Victoria Caro (luego taller de Esperanza Elena Caro) en los años veinte del pasado siglo. Por su parte, Eloy Téllez ha compuesto un elegante dibujo, en el que se hace más prolífica la ornamentación vegetal que las características cenefas de inspiración arquitectónica de las anteriores bambalinas -tan personales-. El resultado es el de unas bambalinas más cortas que en el anterior palio, hecho que se contrarresta con una larguísima morillera que confiere al movimiento de la pieza en la calle un gracejo singular. El techo de palio, por su parte, mejora ostensiblemente al anterior, realizado en diferentes y desiguales fases. Ahora, el escudo de la orden mercedaria queda inscrito en una sucesión de molduras mixtilíneas concéntricas, arropadas por un abigarrado entramado de hojarasca.

El Monte Calvario estrena su nueva bambalina.
Fotografía: Álvaro Simón Quero.
También la Cofradía del Monte Calvario ha escogido este año para emplearse a fondo con su palio. Mostrando un extraordinario interés por alcanzar las máximas cotas de calidad, se ha estrenado sólo la bambalina frontal del conjunto, con un excepcional bordado a dos caras llevado a cabo en los talleres de Salvador Oliver Urdiales, quizá el más alto exponente del bordado malagueño en la actualidad. El diseño, también del prolífico Eloy Téllez Carrión, constituye uno de sus proyectos más armoniosos y concordantes con lo que ya existía en el trono procesional. Así, partiendo de un magnífico conjunto de paños y capillas diseñadas por Fernando Prini y elaborados en plata de ley, Téllez retoma las líneas principales de la ornamentación -muy inspiradas en el grande del diseño que fuera Cayetano González- para componer su obra. Así, distribuye la bambalina en tres paños que hacen coincidir sus ejes de simetría con la ordenación del cajillo. En la silueta inferior del palio, Téllez respeta en cierta manera las ideas iniciales pergeñadas por Prini, quien ya ideara un palio mucho más sencillo pero cuyo corte inferior ya tenía un perfil sinuosamente alabeado. La profusión de técnicas de bordado, la singular calidad del tejido base empleado -terciopelo de seda rojo guinda- y la ejecución a mano de un espléndido fleco, acaban por dotar a esta pieza de un fulgurante futuro como obra clave de nuestra Semana Santa.

Otra de las grandes novedades ha tenido lugar con el pasado a un nuevo terciopelo verde del clásico manto procesional de María Santísima de Gracia y Esperanza. Este trabajo se ha realizado con gran profesionalidad en el taller de Joaquín Salcedo Canca, recuperando para la ciudad una pieza patrimonial de extraordinario valor, que fuera bordada por las madres Trinitarias en los años 50 del siglo pasado. Se ha procedido, como es habitual en estos casos, al limpiado de todas las piezas y a un nuevo perfilado, así como a la eliminación de piedras de colores, para sustituirlas por otras de color blanco en la idea de proporcionar una mayor uniformidad. Tan sólo hay un aspecto de esta intervención que en nuestra opinión es irrespetuosa con el diseño original de Juan Bautista Casielles del Nido, artífice de gran parte del estilo de la hermandad: la ampliación del manto en su parte final, añadiendo una franja ornamental de bordados nuevos, con el único pretexto de que el manto resultaba corto al resituar la imagen titular en su sitio, el centro del trono. Con este tipo de decisiones, las obras emblemáticas corren el riesgo de perder parte de su proporción y armonía natural, alejándose del concepto primigenio que las animó. Poner en cuestión un perfectísimo diseño, como el que tenemos entre manos de Casielles, quizá no sea la mejor opción.


Orfebrería

Gracia y Esperanza, con su nueva corona.
Fotografía: Álvaro Simón Quero.
Tan sólo uno, pero excepcional, sería el estreno reseñable de esta Semana Santa en la categoría del trabajo en metal. Fernando Prini Betés ha diseñado para la Cofradía de Estudiantes una elegante y cuidada corona para ceñir las sienes de María Santísima de Gracia y Esperanza, ejecutada después por el virtuoso joyero Manuel Valera, quien ha reproducido fielmente en volúmenes el dibujo original. Para tal fin se ha utilizado plata de ley sobredorada, esmeraldas y brillantes. Pocas veces hay tal sintonía entre diseñador y orfebre, teniendo lugar una presea de gran ligereza visual -gran parte de la decoración de la ráfaga se nutre de un aéreo compendio de tallos y hojas de escasa corporeidad- y encomiable armonía estilística. El Renacimiento, como en las piezas de Casielles que completan el ajuar de esta imagen, es el leitmotiv de la obra, resultando singular la pareja de grifos rampantes que jalonan el eje principal. El efecto en la calle, visto lo visto el Lunes Santo, es que la imagen adquiere una elegancia inédita.






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12 abr 2012

Sahumerio del Viernes Santo (II)

Azahar en el trono de los Dolores. Fotografía: Álvaro Simón Quero.
Desde que pone uno el pie en la calle en Viernes Santo, tiene la maraña de emociones encontradas por el lamento de lo que se acaba -pecado del cofrade que casi olvida que el Sepulcro estará vacío dentro de nada- y casi con la certeza de que, más que yéndose, la Semana ya se fue. De pequeño, esa losa de certidumbre se abatía cuando llegaban los apagones a calle Larios y, de lejos, en la rotonda, se divisaba un halo de bombillitas. Ahí, por mucho que quedase de nazarenos de colorines en la mañana del Resucitado, había un desplome al unísono de las vacaciones y el espléndido trastocar de horarios. De madrugadas largas, de encierros, de desayunos nocturnos en calle Córdoba y de helados de Casa Mira en cualquier interludio de la noche. De tener media familia en casa y de aprenderse al milímetro el tarareo de Nuestro Padre Jesús -que era incesante todos los días-, de aplaudir el redoble de tambor a Revilla y de regastar unos itinerarios simplones.

Algo de todo aquello sigue muy vivo, aunque ese Viernes haya cambiado tanto. Hay una nueva generación que ya quiere jugar a las procesiones en los pasillos, que dibuja Vírgenes lloronas en hojas de cuadros y que se ha aficionado a recopilar estampitas de toda clase. Merecía la pena alzar ese relevo en los brazos, muy cerquita, para poder musitar al oído por qué estos nazarenos no le darán la mano ni unas gotitas de cera. Para enseñarle qué grato es el silencio, y en un bisbiseo, sorprenderse de los nazarenos que llevan la cruz de Jesús. Esta niña ya ha proclamado sus vocaciones para el futuro: Quiere ser nazarena, dar la mano, llevar una vela, aprender a tocar la flauta y la trompeta, y hasta plantarse una mantilla. Que digo yo que con algo de todo eso se quedará.

La concurrencia queda absorta en San Juan; aunque en seguida aterriza el murmullo. La tarde se está aclarando y hay que correr para calle Mariblanca, que el Calvario ha salido a su hora. Se hace estación en Aparicio y se renueva el debate de si las torrijas auténticas llevan o no crema pastelera. El nublado -de tiniebla y pedernal, que diría la copla- nos ha robado ver el palio de terciopelo de seda tornasolando su rojo de guinda a sangre. No hay cosa peor que manifestar un deseo tan concienzudamente, con tanto ahínco -"ese palio hay que verlo con el solazo dándole por el Altozano"-. Y es que fue visitar los bastidores de Salvador Oliver esta  Cuaresma y quedar rendido ante el virtuosismo y la gracia. Cómo le chispeaba el gesto a Eloy Téllez el Martes Santo, hablándome de su palio nuevo, y con qué razón. Toda la Cofradía destila savia nueva, en el fondo y en las formas. El misterio de la Sagrada Mortaja, bajando elegante con Cristo Yacente, de Albero. Y la Señora del Monte Calvario, dulcísima con su tocado estrecho y grisáceo. En las arruguillas de los ojos de los capirotes se encuentran sonrisas; las de quienes saben que vienes a piropearla quedamente.

En Puerta del Mar se puede presenciar el cortejo del Sagrado Descendimiento sin perder de vista a mi archicofradía de los Dolores -que tiene en la Alameda su mejor luz, esa azulada y entreverada por el humo-. Nos quedamos más que colmados con los sones de la Vera Cruz de Campillos tras el trono del Cristo -cuando hay que morderse la lengua, se la muerde uno-. Queda demostrado que hay solemnidad -y vaya si puede cuajar con los años- en una Agrupación Musical con el repertorio adecuado. Nos gusta como ha tornado el colorido de las ropas a un estilo con más solera, con tejidos eclesiásticos y colores oscuros. Sólo nos parece endeble el risco moteado de siemprevivas. Cuando vemos a las Angustias, rejuvenecida, es inevitable preguntarse qué solución le darán al palio, pues se veía más digno con la antigua crestería.

Calvario. Fotografía: Álvaro Simón Quero. 
Luego otra vez a Calle Nueva, a recrearse en la media penumbra y a contarle a algún desconocido entusiasta lo de la bambalina bordada a dos caras. Cada vez me gusta más el Calvario. Y al patio de los naranjos, a ver cómo llegan a la Catedral los nazarenos de ruán y esparto. Qué molestos me resultan los que salen del Sagrario sin saber a dónde salen, con su cacareo inoportuno. Siseo un par de veces, pero entonces recuerdo qué brillante es esa penitencia silente cuanto más turbio es el ruido en derredor. Mis nazarenos andan tranquilos, no hay voces que ensombrezcan el grito del silencio. Luego de buscar a la Piedad saliendo de Ollerías, cometemos la osadía de ver el Sepulcro en Álamos. Eso significa asistir a discusiones a gritos acerca de si la del estandarte es o no Juanita Reina -¿Ves, Montiel, lo que pasa con los retratos a lo divino?-. Hay tanto bullicio que se me está torciendo la noche. Ahí me pregunto qué haré yo sin mi cirio por esas calles de Dios...

Nos refugiamos en el oasis de Pozos Dulces, clavados frente al portón de las Penas. No es hasta el esperado negro definitivo -viene Servitas por Arco de la Cabeza- que se aprecia el resquicio de resplandor en los bordes de las jambas. Que los de las Penas le han encendido toda la lumbre a la Reina y Madre. Cuando se nos abren las puertas de la gloria, nos derretimos con esa belleza de Eslava que es almíbar de Martes Santo. Así, qué corta y qué dulce es la espera. Los siervos de María, de luto y rezando la corona dolorosa, algunos arrastrando las colas de las túnicas, preceden un corazón traspasado. Allí se canta la Salve para regresar en un santiamén al sigilo y al misterio.

Finalmente, retornamos a la estridencia. Inevitablemente. Al desorden herrumbroso de Carretería -que venga ahora un pregonero a alabarme la calle, a desgranarme el rosario de virtudes de sus balcones-, donde hasta la madre y maestra de las bandas de cornetas y tambores descompone sus hechuras. Romanos mal disfrazados, nazarenos de romería. Al trono del Traslado, que no fue diseñado para tanto gentío agolpado arriba, le faltan luminarias de cera. Y a la Soledad de San Pablo, otrora tan clásica, le sobran unas cuantas especies florales. Vemos el Amor por el Cervantes. Y a la Caridad por Cárcer, con su toca de noche rasa.

La Soledad del Sepulcro. Fotografía: Álvaro Simón Quero.
Aturdidos por la retahíla de procesiones, se diría que daríamos aldabonazo con el sabor agrio del ruido. Quien bien me conoce me recuerda que todavía la noche se nos enmienda. Por fin. Ahora sí. El catafalco de Moreno Carbonero arribando a la Plaza del Carbón, y Chopin. Puede que sea la mejor forma esta de divisar, a duras penas, al Señor con su sudario allí en lo alto del túmulo. Achicados por esa magnitud de estirpe romana, que hace tan presente a la muerte. Y la Soledad, cuando parecía que me escabullía, me llama consigo a los sones de Amarguras. Y así por Duque de la Victoria, y luego en esas dos esquinas preciosas que hay antes de la Catedral. Y toda la calle Císter, en ese regreso fastuoso con que han ganado tanto los de la Cruz de Jerusalem. Ahora sí. Con esta despedida -se la llevan a Alcazabilla con Virgen del Amor Doloroso- puedo respirar el último sahumerio. 





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10 abr 2012

Sahumerio del Viernes Santo (en silencio).

Redención. Fotografía: Álvaro Simón Quero.
El silencio es algo muy grande. Porque sobrecoge, porque nos obliga a susurrar, porque en él parece que en verdad nos detengamos. Porque en silencio no corre la brisa, ni parece que pase el tiempo. Apostados en un recoveco de calle San Juan, no llegamos a tener la sensación de estar viendo pasar una procesión. Los nazarenos adultos, calmos, leales a la máxima de rehacer cada año un camino reverente, producen en el espectador la sensación de que no obedecen a nada humano. Se hacen innecesarias las órdenes, las indicaciones, y el cortejo -tan grande en calidad, tan entregado a la perfección- avanza como un lento glaciar oscuro: Lamiendo los bordes del valle de lágrimas, arrastrando con él un poco de cada uno de nosotros, ejecutando una leve erosión a la que no podemos escapar. ¿O es que acaso no se ha hecho nuestra presencia más ínfima, más insignificante? Los músicos, en cuarteto, adelantados a las andas del Señor y de la Virgen, dejan en el aire una vaharada tan intensa como la del incienso; incluso cuando culmina cada una de las escuetas piezas musicales, las notas se quedan flotando, cayendo muy despacio en las aceras, como pétalos. El silencio clarifica, otorga esa capacidad para arrastrar la música hacia uno, la prende. Y con las saetas, tan cortas y frágiles, tres cuartos de lo mismo. Sin el prorrumpir en aplausos ni el afloramiento de un olé sincero, más se diría que permanecen hasta que los lirios ya se han ido. En cada flor ha habido un tímido jaspeado de amarillo -qué pestañeo de primavera-, y sobre cada una de ellas, la vida arrebatada. Nunca tiene más sentido un sahumerio que cuando el incienso, al ser quemado, profiere una humareda tan persistente que aguanta en el aire hasta que todo se ha terminado. Sólo así, impregnados, podemos recordar con tal precisión. Y al mismo tiempo, no estar seguros de haberlo presenciado.

Dolores. Fotografía: Álvaro Simón Quero.
Sólo a las espaldas de Ella, cuando el azul del manto nos aboca al ruido -porque el público es impaciente y osado-, somos devueltos a la vida en cuerpo. Sentimos de nuevo la ley de la gravedad, y hasta puede que, tras haberla contenido más de la cuenta, reavivemos la respiración, entre otras cosas para suspirar. Luego el clasicismo tiene la virtud de hacernos permanecer en serenidad. En las hileras de claveles blancos, contados, que en algún momento acordaron la mesura de sus corolas para, exactos unos a otros, no pecar de vanidad. En el tejadillo de encajes sobre su frente, y en las levedades oscilantes de su pechera -cómo se mece con la corriente cada punta de la blonda-. En las ramitas de azahar, casi escatimadas, que con sus verdes hojas de naranjo refrescan la exactitud rectilínea del templo de Salomón que es su trono. Sobre las egregias columnas, doce félidos evocan al León de Judá -de qué forma tan hermosa ha marchitado Dios en una cruz-, mientras cruje el arquitrabe de su palio.




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8 abr 2012

Sahumerio del Jueves Santo

La Sagrada Cena. Fotografía: Álvaro Simón Quero.
Hay romero a tus plantas. Alguien, con plegaria discreta y callada, ha puesto en la peana un martillo. Durante tantísimos años, he visto ese martillo en las manos de un hombre satisfecho y sonriente. Era una gloria, un plenilunio de primavera tras otro, ver a Carlos Gómez Raggio tan feliz. Jamás removido por los nervios -para eso siempre hay otros menos curtidos, que al fin y al cabo es el tiempo quien otorga el temple-, con su terciopelo y su cíngulo de varias vueltas, Don Carlos siempre regresaba al encierro con una sonrisa que no le cabía en la cara. El brillo de los ojos nos daba la bienvenida a todos. Escuchar la música de Artola mientras los galeones crujían ya en el salón de tronos, y apenas dar un toque simbólico a esas campanas que suenan a catedral; difícil ordenar a más de doscientos hombres que depositen a la Virgen hasta el año que viene. Quién habrá puesto ese martillo a los pies de la Esperanza...

Es Jueves Santo, Esperanza, y desde muy temprano nos andamos preguntando si querrás echarte a la calle. Santa Cruz ha aprovechado una tregua para serpentear junto a esos paredones intramuros (es que en Carretería hay una trastienda de cachibaches que es mejor eludir cuanto antes). Unos amigos nos han brindado su azotea en la Plaza de la Virgen de las Penas para ver llegar a la dolorosa. Tras el oratorio y al otro lado de la falsa muralla -maquillaje de cemento de arqueologías potajeras- hay cornetas que anuncian a la Cena y a Viñeros; al fin y al cabo estamos en el meollo de todo. La tarde, mirando arriba, parece torcida, pero es que si no se le echaba un poquito de valor no habríamos tenido Semana Santa. Luego debates estériles podrán decir misa de hermandades valientes y de esto y lo otro, pero todas las decisiones son difíciles.

El día sigue hospitalario, pues nos invitan a torrijas caseras en un balcón de Arriola cuando ya hay nazarenos rojos. Podría intentar, por adorno, hacer alguna filigrana de palabras de los tejados del mercado y sus aires morunos. No hace falta. Es tan asombroso el discurrir de la Sagrada Cena Sacramental que nos tiene a todos ensartados. ¿Te acuerdas, Esperanza, de cuando venías a las monjitas? Por primera vez en mi vida descubro el entarimado de madera del cenáculo, y el mantel tan bien puesto, y las escuetas viandas; y sigo el dibujo, a vista de pájaro, del manto de la Paz. Qué privilegio, pues además estos hermanos no hacen distingos entre calles de primera y de segunda. Desde que salen de Puerta Nueva, toda Málaga es digna de sus denuedos. Se trata, sabiamente, de conectar con el pueblo, sin importar el rango de tu palquillo o la modestia de tu escalón. 

A Viñeros los habíamos visto en Puerta del Mar, ya algo incómodos por la bulla pero anhelantes del aire de cofradía antigua que parece recuperar. Hay mucho mimo; el Nazareno, con su llave del sagrario, viene andando por Nueva en buganvillas y racimos de uvas. Lástima que el trono, por esas desavenencias raras, se ha tallado y dorado de dos maneras que no casan bien. A la Virgen del Traspaso y Soledad, con un tocado especialísimo, se la ve cada vez más arraigada en su peana y su trono. Hay unos faroles de rocalla, que les dibujó Eloy Téllez, que serían perfectos para ir en las esquinas alumbrando su camino. La saya, de un particular tono ceniza, me recuerda de qué manera fascinante se te ha tostado, Esperanza, tu vestido de Elena Caro, ese maravilloso atavío que, con un volante preñado de florecillas diminutas, me recuerda que eres la primavera. Tú eres el renacer de la naturaleza, a tus pies rompe el azahar y brotan las hierbas aromáticas para bendecir los hogares de los malagueños.


Qué acierto después esperar la Cena en el nudo entre Cárcer y Casapalma, donde trenzan las marchas para demostrar hasta qué punto se puede hilar de fino para llevar un trono, bien mecido, a la gloria. Se recrean de tal guisa -es que el Jueves se escapa de entre los dedos- que puedo fijarme en el detallismo que se ha puesto en todo. El apostolado, vestido de dulce con diferentes estolas, capas, esclavinas y mantolines; los primeros apóstoles -entre ellos el encarnado por un joven Duarte- están sentados un poco más apartados, como abriendo la escena desde el frente. Y el Señor, con su manteo anudado al cíngulo, qué arte. A estas alturas, ¿todavía hay nostálgicos del Domingo de Ramos? Por aquello de que más valía ser cabeza de ratón que cola de león. Hoy parece una tontería. Se están haciendo amos de la tarde del Jueves. La Paz viene en el mismo plan; el vergel de flores, al milímetro en cada buqué -me encantan las cráteras del frente, entre ánforas-. Y caminando despacio y bailando un poquito allí donde encarta. No me queda más remedio que escribirle rápido un mensajillo a Sergio Bueno para contarle qué bien anda con "Carmen Coronada" -tan flamenca, tan perchelera-. A tí, Esperanza, te habría encantado ver como se enreda tu morillera con esa música de barrio. De tu barrio.

Santa Cruz. Fotografía: Álvaro Simón Quero.
Madre de Dios, devuelta al luto, regala su luz cansada para el balanceo del sudario de Ladrón de Guevara. Allí los rocieros de la Caleta obsequian una singular oración de flauta y tambor al paso de la Virgen de Santa Cruz. Me acuerdo de aquellos Viernes de Dolores con música de capilla y mucho silencio por calle Parras; y lo añoro. Me hace llegarme un instante a tu pequeño traslado, Esperanza, que apenas besa la calle y donde Málaga te besa.  

Luego no queda más remedio que armarse de valor. Para ver al Cristo de la Buena Muerte y Ánimas -ese es su nombre, Málaga, que no se te olvide- hay que echarle paciencia, dejarse arrollar por maleducados y hasta sentir algún insulto en las inmediaciones -tal que lo vivo lo cuento-. Muchos son capaces de pasarte por encima con tal de ver un palo en el aire y unos fusiles... ¡Ay! Pagaría por ver esa devoción al día siguiente, por encontrar ese silencio reverente. El Cristo de Paco Palma se aleja por Tejón y Rodríguez y la muchedumbre ya busca otro enclave. Será buena cosa buscar a la Soledad en la doble curva, donde le llueven pétalos y, ahora ya sí, las primeras aguas. ¿Son tus lágrimas, Esperanza? Se trata de un pensamiento fácil, como de literatura barata. Ando imaginando a la ciudad otra vez huérfana.

La Soledad de Mena. Fotografía: Álvaro Simón Quero.
A Zamarrilla y al Chiquito le sobrevienen los goterones a esa hora, llave de la madrugada, en que el romero debía alfombrar la rotonda del nazareno verde. Apenas cuatro gotas, que dirán algunos; un chaparrón, cuentan otros. Suficiente para que no haya bendición del Nazareno. Tras acompañar un poco a estas hermandades, me voy contigo, Esperanza. A descubrirte, como si acabaras de volver.

Qué guapa te pone Juan Francisco Leiva con blondas prendidas a pellizcos y decenas de pañuelos enganchados a tu enagua. Quién sabe cuántos milagros habrán empapados en esos pequeños retazos de tela... Sabes que guardo aquél pañuelo, el que sostuvo a mi padre unos años más de lo que los médicos decían.  Qué gran hombre de trono fue, Esperanza. Ando agarrado a la cabeza de varal, medio encogido, cuando Paqui Ríos te canta una saeta, a mi vera. No me hagas esto, Esperanza.




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5 abr 2012

Sahumerio del Miércoles Santo

Azotes y Columna. Fotografía: Álvaro Simón Quero.
En el Miércoles Santo siempre me acuerdo de algo que decía un amigo, a propósito de cómo ver las procesiones ese día. Es la pescadilla que se muerde la cola. Las cofradías apenas se desligan del recorrido más monótono, hay pocas propuestas de enclaves con encanto y si no has pagado por unas sillas te las puedes ver un poco negras. Uno, que llegados a este punto se va haciendo más benévolo -será por agotamiento, habida cuenta de la frenética crítica constructiva que se estrena en Domingo de Ramos-, va perdonando esto y aquello. Pero al final, y a pesar de lo amantes que somos de encontrar la esquina especialísima, nos achantamos y vemos procesiones hasta en el Pasillo de Santa Isabel, que ya son ganas.

Vemos Fusionadas degustando una torrija grande de miel -qué difícil es elegir en la Canasta, que tienen torrijas de todas clases- y hablando del trono nuevo, del Cristo solo, de esto tan malagueño de quitar una cosa para que se luzca más el estreno de otra -yo es que no me creo del todo que los sayones de Suso de Marcos no aguanten un año más-, y de Juan Vega Ortega, que por lo visto nos hará los nuevos sayones. Me da a mí que ese trono, tan ancho, me lo van a llenar de gente; a lo peor incluso le ponen plumeros grandes. Hoy, sin el café todavía, me ha dado por buscar esa foto antigua de Azotes y Columna en el tronito barroco de Rodríguez Zapata, con los sayones delgaduchos y caricaturescos, de grandes bigotes. Y al verle al Señor, enmarcado en el arco nazarí del mercado, su postura forzada en los brazos, los rasgos arcaizantes y la pureza de brocado -puesta con poco temple este año-, me parece que no es empresa fácil hacerle su misterio y acertar. El trono mejora en la calle con los lirios, aunque el Cristo va un poco bajo. Con Exaltación comentamos aquello de que jamás el cajillo y los arbotantes fueron en sintonía: Cuando el trono era nuevo, los arbotantes comprados ya tenían un dorado viejo y mate; cuando se han hecho que reluzcan de oro fino, el trono ha envejecido con solera. Qué buenos crucificados tienen estas cofradías. Nos gusta particularmente Ánimas de Ciego con su aspecto marfileño, la cruz plana y el monte muy oscuro; en Mayor Dolor, nos distrae mucho la forma en que las barras y las corbatas del palio se voltean por no ir bien sujetas.

Ya en la desangelada ribera del río, hacemos cábalas de itinerarios serpenteantes para la Paloma. Como somos únicos en buscar el ángel, hacemos de los nubarrones -a los que, fíjense, ya no les tememos- un espectacular celaje pintado, como en los grandes cuadros barrocos, y así se saborea un poco más el discurrir de la Puente del Cedrón, desde el lado bueno -donde se escucha algo de guasa por el Verruguita y se ve mejor al Señor-. Pasan muy rápido, casi todo el pasillo a redoble de tambor, como si ese público sin tribunas no se hubiese ganado, por su paciencia, al menos una marcha y un andar más tranquilo. Apenas tiempo para fijarnos en el dorado que el año pasado no pudo estrenar. La Paloma llega con ese chasquido metálico de los rosarios en las columnas del palio, música para mis oídos. Y me detengo en ver lo guapísima que viene por el arte de Guillermo Briales.

A Salesianos los vemos salir de la Catedral. Aunque se hacía difícil asumir las cornetas y tambores para este misterio, hay que reconocer que llevan un repertorio serio y solemne. No estoy diametralmente en contra, ni mucho menos. No sé de qué manera nos encajamos en la puerta del Pimpi para ver esa que puede ser la última maniobra de San Agustín con Granada. Parece que la solución será enfilar Granada desde abajo, pero ¿no hay formas más hermosas, con música apropiada, de hacer muy despacio ese giro, sin tirones? Como siempre, el momento más dulce nos llega cuando vemos el trono marcharse, alzados los rostros hacia el Cristo de las Penas.


Consolación y Lágrimas. Fotografía: Álvaro Simón Quero.
Buscando a la Sangre para verla en calle Sagasta, nos cruzamos con una copiosa familia de nazarenos azules y de la cruz de malta, hartándose de bocadillos en mitad de la calle. Nazarenos descapirotados, nazarenos vagos, nazarenos maleantes -desde el cariño-. Surge el tema de las actitudes, y sale a colación la última tendencia: Acólitas desmelenadas -sí, parece un título de Almodóvar, pero es llanamente una realidad-. Ojo, no vayan a pensarse que mi comentario es sexista; tan ordinario me parece ver a estas chicas vestidas de dalmática y con la cabellera al viento, como los flequillos cortina o los penachos en ellos. Más que nada porque en la procesión lo fundamental es el abandono de la identidad, todo al servicio de los Sagrados Titulares. Pero suspiremos, que a esto va llegando la liturgia. Al fin y al cabo lo que importa es sacar todos los enseres a la calle, la plata a relucir, y ya está.

En el trono de la Sangre, ya solamente iluminado por los hachones, va la Virgen del Santo Sudario arreglada con las mejores intenciones, aunque alguien me susurre que por su peor enemigo. Lo mejor fue avistar al fondo de la calle, meciéndose, a Consolación y Lágrimas bajo ese palio nuevo de largas morilleras, que de lejos recordaban los flecos de los mantones de manila. Qué dibujo más bonito tiene ese techo de palio -viva Eloy Téllez-, con el gran escudo de la Merced, y qué bien han quedado los arbotantes, mejorados por Raúl Trillo y Salvador Lamas; ahora lucen mucho más armados de luz.

Virgen del Amor. Fotografía: Álvaro Simón Quero.
Por Alcazabilla el público se agolpa allí donde se tiene la panorámica completa del Teatro Romano. Buscando la postal; al fin y al cabo, el Rico es el Cristo en la Alcazaba. Aunque llegue a los sones de Macarena o Callejuela de la O -con lo bien que aguantaría Nuestro Padre Jesús, de toda la vida, tocado hasta reventar-. Disfrutamos la procesión desde ese lado, pero luego hay que cruzar para  verle la cara, dejarse fascinar por esa impronta antigua, como de pueblo, del Cristo con chorreras y túnica de cola. El risco, magnífico, muy trabajado. La Virgen del Amor luce tan espléndida como siempre -no en vano cuenta con la dedicación de Jesús Frías, de más de treinta años al cuidado de la imagen- y quizá mejor llevada que otros años a esas horas de la procesión.

Dolores. Fotografía: Álvaro Simón Quero.
Queda el colofón. No hay más remedio que hacer una paradita para un refrigerio en las terrazas de la Plaza del Obispo. Cuando llega Expiración nos disponemos, ahora sí, a no perdernos ni uno solo de sus nazarenos. Desde la Cruz Guía, todo es excelente en la Expiración. Al Cristo, con el que la gente tiene una reacción muy cercana a la que se vive con el Sepulcro, lo vemos andar con Virgen del Valle -nunca habría imaginado que esa fusión me resultaría perfecta- y después con sus timbales que derraman algo de Viernes Santo. La Virgen de los Dolores, muy poderosa, nos hace deshacernos en elogios. Está preciosa. Como siempre, van llegando las caras conocidas, y nos metemos en calle Larios -pues es de las pocas ocasiones que podemos mendigar un poquito de recorrido oficial- a ver llegar a la Reina de San Pedro con La Estrella Sublime. Aunque los adornos de geranios de las farolas me parecen pascueros, la calle se diría construida entera para ella y su categoría. La procesión lleva muy buen ritmo, sin prisa pero sin pausa, y entre Martínez y Atarazanas, con una oscuridad deliciosa, el cortejo encuentra mejor acomodo. Un acierto para regresar. Cómo me gusta que en su itinerario rece, para una vuelta muy lucida, el Puente de la Esperanza y la calle Nazareno del paso. Y qué orgullo para Málaga que la Esperanza le abra sus puertas para recibirles. Qué sueño de Jueves Santo.




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4 abr 2012

Sahumerio del Martes Santo (II)

La Agonía. Fotografía: Álvaro Simón Quero.
Tras dejar, resistiéndonos, al Rocío yéndose a Carretería, vamos a ver las Penas. Qué buena esquina la de Compañía con Fajardo, donde se han apostado los directivos de la Cena con el guión. El malapipa de la tienda de marcos ha colocado unos macetones y un cartón grande para que no se le plante allí nadie, y sale un par de veces a regañar a los que se apoyan en el cristal. Echa la persiana, hombre de Dios, y cierra el negocio. Saborío. Con la Cruz guía llegando, la llovizna nos hace revivir una pesadilla de cofradías que se vuelven con solo poner un pie en la calle; pero ahí andamos haciéndole burla al agua, cruzando los dedos en el bolsillo, rentabilizando cada minuto en que nos escapamos por los pelos. Y el Señor de la Agonía sale a Compañía doblando despacito. No se escucha una voz más alta que otra, no hay rachas ni empujones, y así se puede uno dejar llevar por esta esplendorosa mecida. Cuánto ayudan los sones de la banda de cornetas y tambores de la Esperanza, una de las cosas de las que más puede presumir la Archicofradía perchelera. Qué bueno irse de nuevo a lo clásico, al monte de claveles rojos sin más. Cuando el crucificado ya nos ha robado unos cuantos padrenuestros, el último angelillo de Carlos Valle, lloriqueando, nos señala desde la trasera el por qué de las Penas de la Señora, que llega poco después flanqueada de piñas compactas de clavel blanco. Al tenerla cerca le prometo, como así hice, verla dar ese giro de trescientos sesenta grados en su plaza, a los sones de esa marcha rimbombante y marcial que se nos quedó enganchada gracias a otras ya antiguas cuaresmas de radio. Eso sería casi al final de la noche, con la cera de diferentes alturas regastada y formando un agreste jardín de candelas.

Luego hacemos eso tan típico de buscar amplitud en la plaza de la Merced para ver revolotear las capas amarillas y grises del Rescate. Al Señor me da por rezarle para que lo dejen como está; que parece que con impronta de Lastrucci ya no queda otra imagen en Málaga. Su grupo escultórico, sin ser una joya de la imaginería, tiene esa teatralidad y ese casticismo encantador que tan bien entona con la túnica clasicona de Casielles y el trono de Antonio Martín. No le veo falta al arreglo del trono, está todo como siempre, como en aquellos años que me montaban los tronos en el patio de mi colegio. Yo le apagaba la antorcha al sayón cegato del Rescate, eso sí; pero vamos, pecata minuta. Lo que sí echo en falta es tomarse la calle con más interés, detenerse un poquito más, disfrutar de las horas que se van. Recorrió todo el sur de la plaza casi con prisas, con un par de marchas muy de Virgen, chimpún chimpún, y se nos quedó un regusto a medias. La Virgen de Gracia va arreglada con gusto; se la ve perfectamente con las azucenas tan comedidas en las ánforas, y ya parece que no se puede mejorar la estampa entre el palio, el manto cayendo en pliegues estudiados, la saya espléndida y la toca que no se queda atrás. Bueno, irse a encargar unos arbotantes dorados a alguien que sepa ponerse a la altura del maestro, que nos dejó hace un par de años.

El risco del Nazareno del Perdón. Fotografía: Álvaro Simón Quero.
Saliendo de Echegaray -qué difícil no seguir para arriba con la Virgen del Rocío- acordamos ver Nueva Esperanza con el telón añejo de Calderería. El trono de Toledano cada vez va gustando más, con esas esquinas arquitectónicas y valientes. Lo de los cristos asomados en las cartelas me resulta raro, pero eso tiene arreglo. Nada más falta hacerle a ese Nazareno unos faroles grandes, en condiciones. Lleva risco de musgo, nada visto, algo muy jerezano por lo que escuché, y una sinfonía entre rosa y morada de flores. Una preciosidad. La Virgen, con un arreglo muy trianero -llevaba brochecitos perfilándole el rostrillo- no parece ser ni la sombra de la que fue. En todos los sentidos.

A esa hora de la noche se produce un particular enredo de procesiones en la confluencia de Calderería con Uncibay, Méndez Núñez con Tejón y Rodríguez. El Rescate corre que se las pela Casapalma arriba mientras las Penas aguanta para hacer lo propio, en transversal. Y luego la Sentencia, de nuevo buscando su barrio. 

La Virgen del Rosario. Fotografía: Álvaro Simón Quero.
Lo que se respira viendo la Sentencia son ganas. La sensación de un gran equipo, de una gran familia con mucho interés por pulir detalles. Al Señor le cae cada vez mejor esa túnica de Juan Rosén, de hojas tan grandes que al principio chocaba tanto. Algún arreglillo de sastrería hay por ahí... Viéndolo venir entre tulipas de cristal de caramelo, pensamos en cuánto ha mejorado. Y la Virgen está más hermosa qué nunca. No puedo evitar ir a decírselo a Alicia Vallejo, que vive entregada por la Reina del Rosario. Le ha hecho el tocado tan despejado que desde los perfiles parece, como es, una Virgen de Gloria. Y, ya enfrascados en la emoción, hacemos de cangrejo un poquito calle Cárcer arriba, viendo el portento de subir el trono de un tirón. La lluvia de pétalos, en oleadas que parecían dejarse aconsejar por la música, fue la única lluvia del Martes Santo. 

De camino a casa recalo, ya solo, en ese Perchel abatido y a oscuras, donde refulge la Estrella con toda su cera encendida, y por si fuera poco, no una sino dos medias lunas, la bordada en la saya y la de plata en la peana. Alegra ver chispearle los ojos al bueno de Salvador Oliver, al mando del trono. Y de nuevo, por principios, les dejo apenas arrimándose a la Casa Hermandad. Un rápido avemaría en la capilla del Puente, donde ya está enlutada la Virgen, y a descansar que el cuerpo se resiente.




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Sahumerio del Martes Santo (El Rocío)

Rocío. Fotografía: Álvaro Simón Quero.

El duende nos pilló desprevenidos. Todavía de sobremesa, en esa tertulia familiar que es norma del Martes Santo, recibo un mensaje con unos versos en forma de seguiriya. El cónclave no es arbitrario; desde que el Rocío decidiera lanzarse a conquistar la tarde temprana, en mi familia hemos inventado una especie de segundo Domingo de Ramos. Que por Ella tienen su nombre mi madre y mi hermana, ese nombre de brisa fresca y azahar victoriano -como reza una revolera de música de gloria que Sergio Bueno le ha escrito a la Virgen-. Primero leo los versos de Fali para dentro, sabiéndome casi en primicia; luego me permito la licencia de leerlos a la concurrencia, sobre todo para que mi madre -que me ha llevado de la mano a cada uno de aquellos traslados de las siete de la mañana del Martes Santo, y al Via Crucis de San Lázaro, y a llevarle claveles a Ella- los saboree como el postre más dulce. Quedamos así avisados de lo que, por boca de Luz Mari, se le dirá a la Novia de Málaga en calle Echegaray cuando se vaya cerrando la noche: 

En tu blancura de novia
la pureza se ensimisma,
eres Rocío de la Gloria, 
tu nombre huele a marisma
y a barrio de la Victoria

Aprovecho la emoción del momento para explicarles que hoy la Virgen del Rocío llevará su candelería restallante de jazmines. Como estamos en abril, las biznagas tienen que ser de cera; más que el año pasado, que todo parece poco. El entusiasmo de la tarde, viendo como el cielo se ha clareado, se va convirtiendo en un rosario de tópicos geniales. Miguel Gutiérrez, con su capacidad para regalarnos pequeños pregones de menos de ciento cuarenta caracteres, va y dice que Málaga la trae del brazo, a la antigua, con el azahar prendido en el pecho. Y Alejandro Cerezo, del que aprende uno tanto, le implora ¡Novia! No invites al agua a tu boda... Cuando, inevitablemente, hablamos entre nazarenos blancos de cómo se portará el tiempo, y salpicados de un chispeo mínimo, convenimos que se trata de Rocío, rocío del cielo, como en Pentecostés. Y así, adornando hasta la inclemencia, nos empeñamos en un martes maravilloso.

Los amigos nos cruzamos sonrisas grandes, congratulándonos de la algarabía del Altozano y la Cruz Verde. Y no hay forma de resistirse a venir con ella, desandando la calle, y desde ahí hasta Peña y Mariblanca, embelesados en la espuma de encajes que ha puesto, tan sencilla y clásica, Curro Claros, regalándonos su particular interpretación de la pureza y sumándola a una tradición de mantillas de blonda. Nervioso perdido, le digo unas cuantas cosas bonitas a la Virgen. El ánimo está como los gladiolos, apuntando en todas direcciones.

Pasos en el Monte Calvario. Fotografía: Álvaro Simón Quero.

Viendo el Calvario del Señor se nos afianza la creencia de que esta cofradía nos lleva por buenos pasos. Entre el corcho, regueros de sangre prorrumpiendo en claveles reventones; aquí y allá matas de romero -romerito santo, romerito bueno, que salga lo malo y entre lo bueno, que decía mi abuela para bendecir la casa- y algunos cardos. Al filo del cajillo, lirios morados como su pasión, escoltados de ramitas de lavanda, y algún detalle de pita. Y la roca en que apoya su sagrada mano, bien integrada en el risco, sin duda el mejor que he visto. Quién nos iba a decir que después, en Echegaray, sus hombres de trono iban a traer magníficamente orquestada una puesta en escena de lujo. Con esos cambios de paso antes impensables, denostados, y que ahora son delicia del pueblo entregado.

Avisados como íbamos de la fiesta que iba a ser esa calle, buscamos sitio cuando ya no cabe un alfiler, cayendo la tarde. Y por esa puntería disparatada, encontramos un portalón con carteles de recién pintado, donde no se ha puesto nadie. Enfrente mismo del balcón señalado. La puerta huele a barniz -mucho mejor que a lo que olía la noche anterior la rampa de la Aurora-, efectivamente, pero no mancha. Y se cumple el vaticinio; Luz Mari hace su saeta como ella sabe, rota, sin ese final de martinetes a que nos han acostumbrado. Cortita para que sepa a poco. A mi lado una familia me agradece que les haya insistido en quedarse, casi me besan la mano. Y luego suenan esos últimos acordes de Rocío, de Vidrié, con su alma de flauta y tambor, para que la bulla enloquezca del todo. Y la Virgen se va.



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